Cartas de lectores: el correo en cada esquina

Cartas de lectores: el correo en cada esquina
25 Enero 2026

En los años 80, siendo médico, trabajé durante varios años en Buenos Aires en la obra social de Encotel, Correos y Telégrafos. Desde adentro pude conocer lo que era el correo: una gran familia, con una mística de trabajo silenciosa y comprometida con el servicio postal. Han pasado los años y hoy, en San Miguel de Tucumán, encuentro en alguna que otra esquina a esos viejos buzones rojos como testigos mudos de otra época. No hay muchos. Algunos están abandonados, otros deteriorados, algunos usados como soporte de propaganda. Pero allí están. Firmes. Persistentes. Simpáticos. Hubo un tiempo no tan lejano -años 70, años 80- en que el correo formaba parte del paisaje cotidiano de la ciudad. En Tucumán, como en tantas otras provincias, esos buzones estaban presentes en casi todas las esquinas: rojos, sólidos, inconfundibles. No eran un adorno. Eran una promesa. Allí se depositaban cartas manuscritas, sobres con letra cuidada, postales, noticias familiares, avisos importantes, palabras demoradas pero seguras. También iban los chicos con su carta para los Reyes Magos. El acto de echar una carta no era un trámite menor: implicaba tiempo, intención y espera. Y, sobre todo, confianza. El Correo Argentino de aquella época, empresa estatal austera pero eficaz, era una institución respetada. Funcionaba con reglas claras, empleados identificados y horarios previsibles. El cartero era una figura conocida, casi familiar. Sabíamos que, tarde o temprano, la carta iba a llegar. Los buzones de hierro fundido, muchos de ellos fabricados por casas europeas como Hallett & Marshall, parecían hechos para durar siglos. Y en muchos casos lo lograron. No se trata solo de nostalgia. Se trata de preguntarnos qué perdimos cuando desaparecieron los buzones de las esquinas. Perdimos un modo de comunicarnos, sí, pero también algo más profundo: la idea de lo público como un servicio permanente, confiable, pensado para todos y para durar. Tal vez no podamos volver a ese tiempo. Pero sí podemos rendirle un homenaje. Porque respetar la memoria del correo es también respetar una Argentina que creyó en las instituciones, en la palabra escrita y en el valor -hoy casi olvidado- de la espera.

Juan L. Marcotullio
marcotulliojuan@gmail.com

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