Tafí del Valle no es sólo un paisaje: es una ciudad viva, un imán de montaña, una capital del turismo tucumano que, cuando hay eventos, late más fuerte. Y justamente por eso -porque el Valle se llena y bendito sea- en esos días debe primar una palabra humilde, pero soberana: sentido común. Todos sabemos cuál es el nudo. No lo aprendí en un libro: lo escuché en la vereda, en la estación de servicio, en el saludo breve del que baja del cerro y se topa con la ciudad como con una trampa. En apenas tres cuadras, con cuatro semáforos, la programación habitual se transforma en suplicio: colas largas, demoras exasperantes, bocinazos que no son agresión sino cansancio, y esa sensación peligrosa de que para volver al Valle hay que pagar un peaje de paciencia. Pero hoy quiero decirlo sin eufemismos y con una imagen que ya es del habla común: ese “rulo” de la demora, entrelazado por cuatro semáforos, es una ruleta. Y no conozco a nadie -a nadie- con quien me haya cruzado que no se queje de esa ruleta de la espera. El turista se sorprende; el vecino se resigna; el conductor se enoja; y el Valle, que debería recibir con hospitalidad, parece recibir con un trámite. Lo irónico (y lo triste) es lo otro: pasan las vacaciones, llega el invierno, baja el tránsito… y los semáforos siguen “respirando” igual, con la misma intensidad mecánica. Entonces ocurre lo absurdo: un automovilista solitario detenido ante una luz roja que no protege a nadie, como si la ciudad hubiese delegado el juicio en una lámpara. Por eso, además de lo urgente, propongo lo estructural: donde hoy hay un rulo de detenciones y arranques, debe existir una rotonda. Una rotonda bien diseñada, señalizada, con criterio técnico y mirada local. Una rotonda es, en términos sencillos, devolverle al tránsito lo que le quitaron los ciclos ciegos: continuidad. Y aquí va lo esencial de esta carta: si hay profesionales e idóneos para gestionar ese punto neurálgico, que actúen como tales; y si falta decisión, que el sentido común les haga de jefe. Mientras eso se proyecta y se ejecuta, en días de eventos los semáforos deben ceder el mando: no por capricho, sino por protocolo. Agentes municipales dirigiendo el tránsito en las esquinas críticas. Semáforos en intermitente o reprogramados, con ciclos más ágiles en las franjas de salida masiva. Señalización clara y presencia preventiva, para que la circulación no sea una ruleta. No es una guerra contra los semáforos: es un llamado a que la técnica no humille a la realidad. Tafí enamora; no lo hagamos discutir con un minuto y medio de rojo. Y cierro con una verdad gaucha -sin retórica y con tierra en las botas-: la autoridad que no oye al vecino termina oyendo bocinas. A veces, para gobernar bien un Valle, basta con escuchar a esa sabia anónima que nombré sin solemnidades: Doña Rosa, que casi siempre tiene razón.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
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