Leí en LA GACETA del 11 de enero un artículo en el que se señalaba un mejor rendimiento universitario en aquellos estudiantes que conviven con un perro durante sus años de estudio (Universidad de Brighton, Reino Unido). Esto remite a una idea antigua y repetida: que el perro es el mejor amigo del hombre. Tal vez la decimos tantas veces que corremos el riesgo de vaciarla de sentido. Sin embargo, cuando uno se detiene a pensar qué hace realmente un perro por el ser humano, la frase recupera una profundidad inesperada. El ser humano confía principalmente en la vista para comprender el mundo que lo rodea. No es casual que alguien haya titulado un libro “El hombre, animal óptico” (Juan Cuatrecasas). El perro, en cambio, construye su relación con el entorno a través del olfato. Allí se encuentra una de las diferencias biológicas más notables entre ambas especies. Desde el punto de vista anatómico, la distancia es enorme. El ser humano posee alrededor de cinco a seis millones de células olfatorias; el perro, según la raza, entre 200 y 300 millones. A esto se suma que el bulbo olfatorio (la estructura cerebral encargada de procesar los olores) es hasta 40 veces más grande en el perro que en el hombre. Para el animal, cada inspiración es una verdadera lectura del ambiente que lo rodea. Esta diferencia explica capacidades que aún hoy nos asombran. Un perro puede seguir un rastro horas o incluso días después de haber sido dejado, distinguir el olor único de una persona y reconocer cambios sutiles en el entorno que para nosotros pasan inadvertidos. La ciencia ha demostrado además que los perros pueden detectar enfermedades humanas asociadas a alteraciones metabólicas, como ciertos tipos de cáncer o infecciones, incluso antes de que aparezcan síntomas evidentes. En el ámbito de la seguridad y la justicia, su olfato resulta igualmente invaluable. Los perros entrenados pueden detectar explosivos, drogas y restos biológicos con una precisión que supera ampliamente a muchos dispositivos tecnológicos. En situaciones extremas, como terremotos, derrumbes o avalanchas, su capacidad para localizar personas con vida bajo los escombros ha permitido rescatar innumerables vidas humanas. Vivimos en una era dominada por la tecnología, pero conviene no olvidar que seguimos dependiendo de aliados biológicos extraordinarios. El perro acompaña, protege, detecta, rastrea y salva. Ayuda a un joven a atravesar mejor su vida universitaria, como señalaba el artículo citado, pero también cumple un rol silencioso y decisivo cuando la vida está en juego. En tiempos de tecnología y pantallas, conviene recordar que aún existen aliados silenciosos. Gracias a su olfato, el perro percibe lo que nosotros no vemos; gracias a su entrega, muchas veces una vida vuelve a empezar. No habla, no pide reconocimiento, no reclama méritos. Y, sin embargo, cuando todo parece perdido, su nariz abre el camino de regreso a la vida.
Juan L. Marcotullio
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