TRAYECTORIA. Juan Luján, coordinador del fútbol de Tucumán Central, en el predio de Villa Alem, donde lleva más de dos décadas formando jugadores y sosteniendo el proyecto desde las bases. Luciana Ramón - Tucumán Central
La madrugada se abrió paso en Villa Alem. Tucumán Central volvía de Perico con la ropa todavía pegada al cuerpo y, bajo el brazo, una clasificación que había costado más de lo esperado. Ahi, como siempre, estaba Juan Luján. Mirando la sede, la gente, las caras conocidas, el lugar al que volvió tantas veces que ya ni necesita ubicarse. Llegó antes que muchos y sigue quedándose después de todos.
A sus 64, Juan carga una vida entera en el fútbol y, sobre todo, en el club. No le interesa decorar esa pertenencia con algún titulo ostentoso ni mucho menos. Se nombra desde el trabajo. “Soy coordinador y tuve la suerte de vivir todo esto”, dijo.
El recorrido empieza lejos del presente y también lejos de Tucumán Central. Sus primeros pasos fueron en Central Norte. En 1980, Osvaldo Crosta le cambió el mapa. “Crosta me hizo debutar en Primera y me prometió que me llevaría a Buenos Aires”, recordó. Esa promesa se cumplió al año siguiente, con Huracán como destino.
Tenía 20 años y se instaló en la pensión del Ducó, dentro del estadio. La vida se le acomodó en rutinas nuevas, con entrenamientos en La Quemita y partidos de Reserva los sábados, rodando por complejos deportivos de AFA. La postal sigue ahí, incluso cuando el tiempo la haya vuelto lejana. “Fue algo extraordinario, distinto, aprendí mucho sobre lo que tenía que hacer y lo que no para ser profesional”, contó. Ese aprendizaje hoy vuelve en forma de consejo, repetido con paciencia a cada chico que se arrima a las formativas.
Después vinieron más camisetas y un recorrido por el fútbol regional muy amplio. Regresó a Central Norte, pasó por Gimnasia y Tiro de Salta, Talleres de Perico, quien lo haría sufrir tanto años después, Ñuñorco, La Providencia, Fraile Pintado y dos equipos de Santa María, Catamarca, hasta el retiro.
ARCHIVO. Paso por Central Norte, donde inició su camino en el fútbol y empezó a forjar la mirada formativa que sostiene hasta hoy. Gentileza Juan Luján
Cuando dejó de jugar, el fútbol siguió igual, sólo cambió de lugar. Volvió a formar. Trabajó en Quinta y Sexta de Central Norte y también en CEF 18, donde empezó a profundizar esa vocación por enseñar. “Ahí empecé la formación futbolística”, afirmó. Luego estuvo en inferiores y Primera de San José, en la B, antes de que un llamado lo empujara hacia Tucumán Central.
Ese tramo es el que lo define. No por la cantidad de años, que ya son 26, pero si por el tipo de vínculo que se construye cuando uno se queda aun en tiempos difíciles. Llegó durante la presidencia de Alberto Jalil, en el año 2000, con una misión tatuada en la piel. “Cuando llegué armamos las inferiores desde cero”, contó. El club estaba ordenado en algunos aspectos, el fútbol no. Era empezar a juntar lo que faltaba, sostener lo que se caía y convencer a otros de que valía la pena insistir.
A Juan se le nota en la voz el dolor y el orgullo. “Vivimos todo, las pasé a todas”, dijo. Lo cuenta con detalles que duelen porque se entienden demasiado rápido. “Estuvimos sepultados en la B muchos años, sin recursos, no completábamos planteles, teníamos cuatro pelotas y jugábamos con la mejor de la peor”, contó.
Esa etapa se contrasta sola con lo actual. Tucumán Central creció en cantidad de chicos, en estructura y en orden interno. No puede disimular la alegría “Hoy veo infantiles, inferiores, cebollitas y lo disfruto”, señaló.
“Este club es mi segundo hogar”, dijo. Lo repite y lo acompaña con escenas diarias. Está pendiente del utilero, del que corta el pasto, de los entrenamientos, de la conducta. “Inculcamos respeto, valores y sentido de pertenencia”, remarcó. Su prioridad queda clara en una línea. “Formamos personas antes que jugadores”, sostuvo.
El presente deportivo terminó de darle brillo a esa persistencia. El ascenso de 2023, el campeonato del año pasado, esta campaña del Regional. Luján lo vive con disfrute y exigencia. No se sube a ningún pedestal, aunque ya muchos lo nombren sin necesidad de presentación. “Hice todo lo que estuvo a mi alcance y hoy puedo ser una leyenda”, dijo riendose.
Ese sentimiento tomó otra dimensión en Perico. Tucumán Central había traído un 2-0 de la ida, con una ventaja que en el papel parecía cómoda. Luján ya había avisado que esa cancha no se regala. Y el fútbol, cuando decide morder, muerde fuerte.
La vuelta fue áspera desde temprano. El rival pegó primero, a los 13 minutos, y la noche se volvió durísima. Tucumán Central empató en el segundo tiempo, sostuvo la serie un rato, se enredó en nervios y terminó empujado contra su propio límite. El 3-1 local obligó a ir a los penales, con un desenlace que dejó a todos al borde del desmayo, literalmente.
Él lo cuenta en primera persona, todavía con el cuerpo recordando el sacudón. “Fue espectacular, una experiencia más vivida de la mejor manera”, dijo. Habla de ese arranque que desacomoda. “Ibamos con un gol en contra a los 13 minutos y no estábamos a pleno”, explicó. Habla del empate y del momento exacto en que el partido se les escapó. “Nos dieron vuelta un partido donde estábamos nerviosos y tensionados”, contó.
En su lectura aparece una exigencia que no se negocia. “Tenemos que ser protagonistas donde vayamos”, afirmó. Y, al llegar a la definición, deja una imagen que ya quedó tatuada en la clasificación. “En los penales mostramos la jerarquía, tanto los que patearon como Daniel Moyano en el arco”, señaló. No se queda en el festejo. Le interesa el aprendizaje y la corrección inmediata. “Esto debería haberse visto en los 90 minutos”, dijo.
La celebración llegó igual. El recibimiento en el club durante la noche y la madrugada le va a quedar como un recuerdo para toda la vida. “Soy un agradecido, tuve la suerte de vivir desde lo malo hasta lo mejor”, expresó.
En esa frase vuelve otra vez al origen de su vínculo. Habla de décadas. Habla de estar cuando faltaba todo y también de estar cuando sobran abrazos y palmadas en la espalda.
PRESENTE. En Villa Alem, el trabajo cotidiano en las formativas y el acompañamiento permanente al plantel reflejan una construcción que se sostiene lejos de los flashes. Luciana Ramón - Tucumán Central
Ahora viene lo que sigue. Tucumán Central espera rival para la final oficial por el ascenso al Federal A, con la tensión lógica que tienen estos días que se juegan por anticipado en la cabeza. Juan no se deja llevar por la euforia. “En una final no hay margen para nada”, dijo. Su plan está más cerca del trabajo que de la ansiedad. “Vamos a corregir errores y a aprovechar las situaciones”, explicó.
El hombre que una vez vivió en la pensión del Ducó, entrenó en La Quemita y aprendió el idioma del profesionalismo, hoy usa esa experiencia para sostener a un club entero desde las bases. Sostiene su rutina pegada al predio y a las formativas, pasa tiempo con su familia y mira este presente con un tipo de felicidad que no se compra.
Cuando se apagan los festejos, queda él otra vez en el club. Lo que se ve en la cancha suele ser apenas la última capa. Debajo, quedaron años sin pelotas, categorías a medias, recursos que no alcanzaban y una constancia que muy pocos sostienen. Luján mira ese recorrido sin ponerse por delante. Lo suyo está en el día a día, en sostener una idea de club que empieza en los chicos y se estira hasta Primera.
La final ya espera. Tucumán Central aguarda rival y Luján también, con la misma cabeza de siempre. El resto se verá en la cancha. En Villa Alem, mientras tanto, ya quedó algo puesto en marcha que no depende de un resultado.























