De “M’hijo el dotor” a la tragedia educativa argentina: por qué sólo 10 de cada 100 chicos termina el secundario en tiempo y forma
A días del inicio de clases, el panorama es inquietante. Entre las presiones gremiales, la pérdida de autoridad del docente y el "tiro de gracia" de las escuelas cerradas en pandemia, la decadencia educativa heredada del kirchnerismo se ha vuelto dramática
Hubo una Argentina que se diluyó, que ya no existe. Aunque vivamos en el mismo territorio, con los mismos límites y con las mismas instituciones, esa Argentina se terminó de morir -posiblemente- con la crisis del 2001, si no antes. A pesar de los virulentos vaivenes políticos y económicos del siglo XX, la que se fue era una Argentina que prometía, que generaba ilusiones, que estaba caracterizada por una amplia clase media que sabía que, con la ayuda del esfuerzo, del estudio y del trabajo, era posible progresar -idea sintetizada con brillante precisión por el título de la obra de Florencio Sánchez, “M´hijo el dotor”-. En aquel país, la educación pública jugaba un rol central. La que vino después (la Argentina de ahora) luce gris, nivela para abajo y, al decir del educador Horacio Sanguinetti, parece enorgullecerse de la “no cultura”.
La próxima semanaempiezan las clases y la fecha puede servir como un anclaje para reflexionar un poco más sobre lo que esbozamos en el párrafo anterior. Este año, el ciclo lectivo arranca tras la derogación del artículo de la Ley de Financiamiento Educativo que establecía que el gasto en Educación fuera como mínimo del 6% del PBI. Si bien la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC) advirtió que desde su creación en 2005 esta meta sólo se alcanzó en 2015, el dato funciona como una muestra cabal de los tiempos que corren.
Mientras a nivel nacional finalmente se blanquea que desde hace años se dedican menos recursos a la educación, a la cultura y a la ciencia, hay otros problemas aún más dramáticos que vienen generando un deterioro pronunciado en la formación de los chicos y de los jóvenes: se está perdiendo el sentido de la escuela. Hay datos que lo corroboran. El abandono escolar es cada vez más frecuente. En Argentina, sólo 10 de cada 100 estudiantes terminan el secundario en tiempo y forma, según un relevamiento realizado por Argentinos por la Educación. Los resultados de las evaluaciones nacionales e internacionales (uno de los aciertos de las políticas educativas de la década del 90) refleja resultados deficientes, especialmente en Matemáticas: en Tucumán, sólo el 12% de los evaluados obtuvo un desempeño satisfactorio en 2024; esta cifra trepa apenas al 14% en la media nacional. Y si miramos lo que ocurre en los primeros años de la escuela, nos encontramos con que casi la mitad de los alumnos no alcanza las competencias esperadas.
PRIMER DÍA DE CLASES. Formación en una escuela pública tucumana. Archivo
Pero cuidado: no es un problema que se pueda achacar únicamente a este Gobierno. Decíamos al principio del texto que posiblemente 2001 marcó el deceso de una Argentina para dar paso a otra. De hecho, alguna vez Beatriz Sarlo sentenció que a partir de aquella crisis, nada volvió a ser igual. La llegada del kirchnerismo al poder acarreó varias tragedias en el ámbito educativo que han marcado la larga decadencia que nos trajo hasta acá. Una de ellas -no es la única- es que el sistema comenzó a ser co-gobernado en muchos casos por dirigentes sindicales que pusieron sus urgencias políticas e ideológicas por delante de la formación de los niños y de los jóvenes. De hecho, salen a la calle a reclamar por salarios y por recursos (lo cual no está mal), pero nunca (o casi nunca) por una mejor calidad educativa. En muchos casos, estos gremialistas ni siquiera representan a la mayoría de sus colegas. Así se inscriben dentro de la gran paradoja del sindicalismo argentino, que está divorciado de la masa de los trabajadores, cuyas urgencias y necesidades no suelen ser las mismas que las de los dirigentes.
No todos partimos del mismo lugar
La crisis del 2001 también generó un cambio social trascendente: esa clase media abarcativa que había caracterizado a la sociedad durante el siglo XX se achicó y dio lugar a un nudo de pobreza estructural grande, que actualmente ronda el 30% de la población. Encuentra su manifestación más cabal en los conurbanos de las grandes ciudades argentinas, el Gran Tucumán incluído. Se trata de ámbitos en los que existe un déficit importante de infraestructura y en los que habitan familias desprovistas de recursos, sin posibilidades de movilidad social, dependientes de la asistencia social y que se han mantenido en este estado durante generaciones. Si a eso le sumamos el ingreso de la cultura narco, que ha permeado entre miles de jóvenes, nos encontramos frente a un escenario complejo que se refleja también en las aulas: existe un sector importante de la población que no cuenta con las mismas posibilidades que el resto. Y si esa es la línea de partida hacia el futuro, el panorama se torna -al menos- inquietante.
Como si lo anterior fuera poco, en los últimos 20 años hubo también un vaciamiento del sentido de la autoridad y de la disciplina: faltar no acarrea consecuencias; no estudiar, tampoco. Mucho menos ser irrespetuoso con un docente o con un compañero o compañera. En pos de una engañosa idea de igualdad y de una falsa inclusión, todo se nivela hacia abajo. En muchos casos, el educador ya no puede sancionar o no se anima a hacerlo, porque luego puede enfrentarse con padres furiosos o con directivos que le piden que dialogue con el alumno para que este revea su actitud. Hace algún tiempo, una maestra ya jubilada que transitó todos los estamentos de la carrera docente, se lamentaba frente a ex alumnos que cursaron la primaria con ella en la década del 90: “no sabés cómo extraño los tiempos en que ustedes eran mis alumnitos. Existía el respeto, el orden. Ahora, los padres van a las escuelas a increpar a los maestros si desaprueban a sus hijos o si los retan porque se portaron mal. Y nadie nos defiende. Hemos perdido toda la autoridad. Es muy triste”.
El remate
Al tiro de gracia -también- lo disparó el kirchnerismo. Fue con el salvaje cierre de escuelas que decretó Alberto Fernández durante la pandemia por el coronavirus (y que fue respaldado enfáticamente en Tucumán por el entonces gobernador Juan Manzur y por los integrantes del siniestro Comité Operativo de Emergencia que rigió nuestros destinos en aquellos tiempos). Si algo faltaba para alejar a miles de chicos de las aulas fue haberlas mantenido clausuradas durante meses, inclusive mientras se habilitaban actividades como los casinos. De acuerdo con la lógica de esos años nefastos, ir a timbear parecía no constituir un peligro. La escuela, en cambio, sí. Volver de ese subsuelo de la sinrazón será muy difícil.
Los esfuerzos que hacen hoy los ministerios de Educación provinciales -porque, a pesar de todo lo que decimos más arriba, sí hay funcionarios muy comprometidos y responsables- y otros sectores involucrados en mejorar la calidad educativa parecen insuficientes para la profundidad de la tragedia en la que estamos inmersos. Como dijo la investigadora y académica Guillermina Tiramonti en una nota publicada el año pasado en el diario “La Nación”: a veces da la impresión de que estamos arrojando salvavidas y discutiendo cuáles de ellos son mejores para rescatar a los que ya se hundieron en vez de construir un barco sólido para navegar hacia el futuro.


















