Eduardi Berti: “Hay una mirada que es marcada por la lengua”

Acaba de recibir la noticia de que es el ganador del Premio Roger Caillois por su novela Faster, una autobiografía sobre su encuentro con Juan Manuel Fangio en tiempos del colegio, cuando intuía que quería ser periodista y lo fue a visitar a su concesionaria de la avenida Montes de Oca, al sur de la ciudad de Buenos Aires. Desde Francia, habla sobre el libro y cuenta cómo vive y escribe “entre lenguas”. Reflexiona, además, sobre el periodismo y aspectos de su obra.

Eduardi Berti: “Hay una mirada que es marcada por la lengua”
Hace 14 Hs

Por Alejandro Duchini
Para LA GACETA - Buenos Aires

El escritor argentino Eduardo Berti habla mientras la lluvia cae sobre la ventana de su casa en Burdeos, París, donde vive junto a su pareja y su hijo desde hace una década. Detrás suyo se observa una biblioteca imponente. Libros en español y en francés. Se acostumbró a leer y escribir en ambos idiomas. Y se acostumbró a la vida de Burdeos, una ciudad en la que se siente muy bien. “Además estoy a dos horas en tren de París y muy cerca del sol de España”, remarca.

-Cuántas cosas positivas te dio Faster, ¿no?

-Una de las cosas que creo ahora retrospectivamente por las que me puse a escribir Faster es porque en ese momento mi hijo tenía más o menos la misma edad que yo tenía cuando con mi amigo fuimos a entrevistar a Fangio. Después está la ficción que le agregué al libro. Me descubrí con mi hijo preguntándome cómo era o qué hacía yo a su edad, a los 15 años. Eso contribuyó a que esos recuerdos revivieran y que lo hicieran de otro modo, en otro contexto, con otra distancia. Creo que eso me empujó a escribir. Es loco, hay libros que tienen como una duración más larga. Hace casi siete años que Faster se publicó por primera vez y sigue estando ahí. Hay libros que abren puertas, tanto en lo profesional como en lo personal. Con Un padre extranjero me pasó que lo leyó un amigo que conocía mi historia con mi papá y consiguió un legajo con datos que yo desconocía. Por eso digo que hay libros que siempre están.

-¿Por qué fuiste a vivir a Francia?

-Fui para laburar, pero también porque tenía ganas de hacer la experiencia. Había un proyecto en común con quien era mi novia en ese momento, que hoy es mi esposa. Ella quería hacer unos estudios en Francia y vinimos. Era el 98, todavía el “1 a 1” permitía que yo escribiera artículos para algunos medios de Argentina e incluso de Colombia. Con lo que me pagaban desde Argentina podía rebuscármelas. Era interesante porque mi carnet de periodista me permitía determinadas licencias para entrevistar a cierta gente que tal vez no era posible sin eso. Después, la estadía se fue alargando.

-¿Qué aprendés del trabajo de tu esposa, profesora de francés para extranjeros?

-Muchas cosas. Por un lado, algo que también me había enseñado de alguna manera mi viejo: por ser extranjero (rumano) tuvo que hacer mucho para adquirir una lengua. Más allá de la mirada que uno puede tener individualmente, hay una mirada que es marcada por la lengua. Se nota sobre todo en los alumnos que son refugiados políticos, en cosas que te ponen los pies en la tierra.

-Sos reconocido en el ambiente literario de Argentina: ¿eso alcanza como para que piensen en un regreso?

-Es complicado. Yo ya eliminé esos planes a largo plazo. No lo veo por varias razones: compromisos de trabajo, porque mi hijo está en un momento que no me parece ideal para hacer ese tipo de cambios… Vuelvo a Argentina cada tanto, pero no definitivamente.

-¿Cómo definís este momento tuyo en cuanto a escritor? Pasaste por el periodismo, por la autoficción, la no ficción, la novela…

-Siempre tuve bastante distancia de la idea de usar material biográfico. Incluso eso se manifestó en El país imaginado, en el que usé cosas biográficas pero muy, muy, muy ocultas y en segundo plano. Pero hubo un cambio desde que escribí Un padre extranjero, porque quería hablar de mi papá; no sólo su historia sino de mi historia frente a su historia. No fue un libro fácil de escribir porque estaba el duelo de su muerte. Pero al meter en el relato a (Joseph) Conrad, pude entrar al tema de manera oblicua. Ahí algo cambió. Y ese cambio se profundizó cuando me invitaron a pasar unas semanas en un hospital escuela para escribir un texto sobre lo que ocurría ahí, básicamente con gente con cuidados paliativos. El personal sanitario me contaba cosas muy fuertes, potentes. Y terminé escribiendo una novela de eso.

-¿Cómo te llevás con la escritura en francés?

-Hay libros que necesito escribirlos en español y otros en francés. A veces no lo decido yo sino que me sale. No es que pienso en dejar de escribir en castellano. Pero me apareció el francés como segundo idioma; es como cuando me aburro de la guitarra y me pongo a tocar el piano. Si no tengo uno, tengo el otro.

-¿En la lectura te pasa lo mismo?

-Según el idioma, siempre te genera una mirada distinta. Eso, tanto para escribir como para leer. Ahora, en términos de lectura, estoy leyendo mucho en francés, principalmente porque me puede resultar más tentador. Y cuando el libro es de un autor francés, prefiero el original a la traducción. De todos modos, no tengo dudas de que mi lengua es la española.

-En una entrevista anterior me dijiste que cada vez te sentías menos periodista y más escritor. ¿Qué te pasa con eso ahora?

-Habría que ver qué definimos por periodismo. Creo que, por ponerle un nombre, hay un periodismo de actualidad y otro de información del cual me alejé. Y hay una zona híbrida que roza con la literatura, que es la crónica. Pero ahí no me importa si es periodismo o no. No creo que sea una diferenciación útil. Me gusta ese roce literario con la crónica. Así como también me gusta para leerlo. En algún momento a eso lo han llamado nuevo periodismo, como una forma más literaria de hacer periodismo o una forma más periodística de hacer literatura. Eso me encanta. Pero no reniego del periodismo como una forma de ganarme la vida y de aprender. Tengo un enorme cariño por el periodismo, pero ya no me tienta.

-Sos de una generación que creció con las redacciones periodísticas, que ya no existen. ¿Vivís con nostalgia esos recuerdos?

-No sólo eso: incluso viví el paso de la máquina de escribir a la computadora; o sea, viví todo ese cambio de las redacciones hiper ruidosas a los extraños primeros momentos de silencio. Sí, claro, me pongo a hablar de eso y surge la nostalgia, pero es una nostalgia que no incide en mi ánimo. Es algo que recuerdo con cariño y nada más.

-Uno de tus primeros libros fue Spinetta - Crónica e iluminaciones. Ahora que el Flaco se convirtió en un enorme referente de nuestra cultura, ¿creés que se puede actualizar?

-Sí. Y estamos trabajando en eso. Yo tengo un amor absoluto por ese libro al que le debo muchísimo, igual que a Luis, quien me dijo que sí cuando en un momento de locura agarré el teléfono y lo llamé y le dije que quería hacerle entrevistas. ¡No éramos amigos ni nada parecido! Fue muy generoso, el Flaco. No puedo dejar de rendirle homenaje. Hay un plan bastante avanzado de hacer una edición definitiva. Surge a partir de que encontré unos cassettes que agregan muchas cosas al material original. Cuando los escuchamos con Cata, la hija de Luis, nos dimos cuenta de que había cosas que en su momento quedaron afuera. Mi idea es re-escuchar esos casetes y rearmar una versión más larga. Incluso con un código QR que permita a los lectores acceder a material sonoro. Estamos pensando cosas muy lindas para hacer. Y es posible hacerlas.

Faster

Por Eduardo Berti

¿Qué mundo era aquel, me pregunto, en el que el máximo deportista del siglo, así lo definían algunos sin temor a la hipérbole, iba de lunes a viernes, incluso los días feriados, a sentarse en el despacho de una agencia automotora? Tal vez era el mundo de siempre, el mismo mundo imperfecto, injusto y arbitrario de hoy. Tal vez era el mundo de siempre y la excepción era Fangio, que se negaba a imaginar otra vida de excampeón, si es que los campeones como él dejan de pronto de serlo. Tal vez era un mundo donde los mejores deportistas se retiraban con su gloria y su futuro asegurados, pero no tan millonarios como hoy; un mundo donde los más descollantes excampeones abrían un comercio o funda ban una empresa cuya marca solía incluir, por conveniencia mercantil, su apellido prestigioso. Así y todo, hay cosas que me niego a aceptar o que no alcanzo a entender. La agencia de coches de Fangio, del «Chueco», como lo apodaban los amantes de los defectos, del «Quíntuple», como decían los amantes de las virtudes, la agencia no se encontraba en el centro de la ciudad, en una calle importante, en una ancha avenida, a la vista de todo el mundo. La automotora alemana, a la que Fangio había hecho ganar tantas veces tantas copas, no exhibía a su máximo astro como si fuese un trofeo. La agencia quedaba algo lejos, bastante a trasmano de todo, a unas cuadras del Riachuelo donde moría la ciudad, tímidamente al resguardo de las luces.

Eduardo Berti nació en Buenos Aires, en 1964, y vive en Burdeos, Francia. Es autor de las novelas Agua, La mujer de Wakefield, Todos los Funes, La sombra del púgil, El país imaginado, Un padre extranjero y La máquina de escribir caracteres chinos. También es autor de los libros de cuentos Los pájaros, La vida imposible y Lo inolvidable.

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