Horror en Salta: la tragedia de una familia que perdió a sus dos hijas en manos de sus yernos

Dos hermanas asesinadas por sus parejas en menos de una década y un sistema de protección que no funcionó. Con la detención de Daniel Orlando Serapio en las entrañas de la Quebrada del Toro, comienza una etapa de rendición de cuentas institucional exigida por la Procuración, en un caso que estremece a toda la provincia.

Amira y Natalia Cruz Amira y Natalia Cruz

Hay familias sobre las que el destino parece ensañarse, pero hay otras a las que el Estado, simplemente, decide abandonar a su suerte. En Salta, el apellido Cruz se ha convertido en el símbolo más crudo de una tragedia repetida: la de enterrar a sus mujeres bajo el mismo guion de sangre. Mientras el Procurador General de la Provincia, Pedro García Castiella, sacude hoy las estructuras judiciales exigiendo un informe urgente para saber qué falló en la custodia de Natalia Cruz, la realidad le devuelve una respuesta que quema. Natalia no murió por un golpe de mala suerte; murió porque el sistema le permitió a un femicida con tres causas abiertas por desobediencia judicial saltar una perimetral y llegar hasta su cuello.

Esta no es solo la crónica de una mujer estrangulada y un asesino oculto en una grieta de la precordillera; es el relato de cómo una familia volvió a ver la misma película de terror siete años después, mientras los organismos que debían protegerla redactaban expedientes que nunca salvaron a nadie.

El primer tajo: Amira (2017)

La cronología del horror no empieza este año, sino en diciembre de 2017. En aquel entonces, Natalia Cruz no era la víctima, sino la hermana que gritaba justicia. Su hermana menor, Amira, de solo 17 años, fue asesinada a golpes por su novio en un baño de las canchas del barrio San Jorge de Campo Quijano, a los pie de la precordillera. El asesino se suicidó, dejando a la familia sin juicio y con una herida que jamás cicatrizó. Natalia sostuvo aquel cajón prometiendo que no pasaría de nuevo. El Estado, siete años después, le demostró que su promesa no tenía respaldo oficial.

Natalia Cruz cuando encontraron a su hermana asesinada Natalia Cruz cuando encontraron a su hermana asesinada

El asedio de la "sombra"

Natalia intentó rehacer su vida, pero durante 20 años convivió con Orlando Serapio, un hombre que, según su propia familia, era un manipulador profesional. El conflicto escaló en noviembre pasado, cuando ella decidió separarse. Natalia empezó a trabajar, a estudiar y a "vivir en paz". Pero esa paz fue el detonante para Serapio.

El hombre abandonó su trabajo para dedicarse exclusivamente a hostigarla. La seguía, la vigilaba y violaba las perimetrales con una impunidad asombrosa. Natalia cumplió con todo: denunció cada vez que él aparecía en su puerta. Sin embargo, las tres causas por desobediencia judicial durmieron en los escritorios mientras el cazador preparaba su ataque final.

El martes del horror: un cable y una confesión 

El 17 de febrero, en Campo Quijano, Serapio ejecutó su plan. Aprovechó el momento exacto en que Natalia estaba sola y, con un cable, terminó con su vida. El cinismo fue tal que, tras el femicidio, se cruzó con su ex suegra e Irene Martínez tuvo que escuchar de boca del asesino la confesión del horror.

Serapio huyó con lo puesto: remera, pantalón corto y chinelas. Casi descalzo, se internó en la Quebrada del Toro, iniciando una fuga que pondría en ridículo a las fuerzas de seguridad durante casi dos semanas.

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La caída en la "Casa del Diablo"

La cacería humana duró once días. Mientras 60 policías, drones térmicos y perros especializados peinaban los cerros, Serapio se refugiaba en una cueva natural conocida como la “Casa del Diablo”, un paraje inhóspito a 70 kilómetros de la capital.

Cuando finalmente lo cercaron este sábado, la imagen del "fugitivo desesperado" se desmoronó. Serapio estaba deshidratado, sí, pero tenía un bidón de agua y una conservadora con comida. Este detalle es el que hoy tiene a la justicia tras la pista de sus cómplices: alguien lo alimentó mientras el Estado lo buscaba.

¿Hay complices?

La Justicia, bajo la mirada de la fiscal María Luján Sodero Calvet, sostiene una sospecha que transforma la fuga de Orlando Serapio de un acto de desesperación en una operación logística: el femicida no sobrevivió once días a la intemperie por mérito propio, sino gracias a un cordón de auxilio clandestino. El hallazgo de la conservadora con alimentos frescos y el bidón de agua en la "Casa del Diablo" son, para los investigadores, pruebas irrefutables de que hubo cómplices —probablemente de su entorno cercano— que oficiaron de "punteros" y proveedores en el monte mientras las fuerzas de seguridad saturaban la zona.

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El banquillo del Estado: el giro del procurador

Este domingo, Serapio se llamó a silencio ante la fiscal María Luján Sodero Calvet. Pero el silencio que hoy más aturde es el de los organismos que debían proteger a Natalia.

Este martes, el Procurador General de Salta, Pedro García Castiella, elevó la tensión al máximo al exigir un informe "circunstanciado y objetivo" que diseccione cada eslabón de la cadena de mando. Castiella no busca solo un resumen de los hechos, sino una auditoría de la desidia: quiere saber por qué los protocolos de violencia de género —desde el sistema de denuncias hasta la geolocalización de la patrulla— fueron papel mojado mientras el asesino acechaba. En síntesis, el Procurador ha pedido un análisis integral del contexto institucional; una forma elegante de decir que el Estado está bajo sospecha.

Mientras tanto, Irene Martínez, la madre, resume el sentimiento de un pueblo en una frase mineral: “Que duerma en las piedras”. Un deseo que es, al mismo tiempo, la condena para el asesino y el recordatorio de la dureza de un sistema que volvió a llegar tarde.


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