Noelia Castillo Ramos, la joven que logró que practicaran la eutanasia Hola
“Quiero irme en paz y dejar de sufrir”.
Y así se fue Noelia Castillo Ramos.
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Intensa, compleja, persistente, la discusión sobre la eutanasia se reaviva a partir de casos como el de Noelia, casi una cuestión de Estado en España. O el de Alfonso Oliva en la Argentina. Los avances de la medicina que prolongan la vida incluso en condiciones extremas y la creciente reivindicación de la autonomía individual empujan el tema al centro de la agenda pública. Se trata de un cruce de dimensiones éticas, legales, culturales y religiosas que divide aguas en casi todos los países. Entonces, de acuerdo con las posturas, la implementación de la eutanasia oscila entre la legalidad y el delito. Lo que no se puede hacer es ignorar el tema.
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Van quedando pocos tabúes disimulados en el entramado social. La eutanasia pertenecía a esa dimensión de lo prohibido, de lo inaceptable, de lo ofensivo, de lo que era mejor barrer bajo la alfombra, transformar en eufemismos o mencionar, apenas, en un susurro. Era un tabú decir la palabra cáncer (reemplazada por “una cruel enfermedad”), hablar de los suicidios (mucho más tratándose de niños o de adolescentes), del aborto, de sexualidad, de salud mental, de autismo, de trastornos alimenticios, del síndrome de Down y sigue la lista. Aquí se nota una conquista del siglo XXI -con tanto pesimismo analizado-: las nuevas generaciones han llegado con una mirada renovada, desembarazada de presiones sociales y dispuesta a correr ese velo tan tradicional que cubría temas centrales de la vida ciudadana. Los tabúes van reduciéndose a cero. Es un paso adelante entre tantos que las sociedades dan para atrás.
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¿Cuál es la diferencia entre eutanasia y suicidio asistido? En el caso de la eutanasia, es el médico el que administra directamente la sustancia para finalizar la vida. En cambio, en el suicidio asistido el paciente se aplica la sustancia recetada por el médico.
La eutanasia es legal en Países Bajos (el pionero, allá por 2002), Bélgica, Luxemburgo, España, Portugal, Canadá, Colombia, Ecuador, Uruguay, Nueva Zelanda y seis provincias de Australia. En todos esos países también es legal el suicidio asistido, a los que se suman Suiza, Austria y varios estados de EEUU.
Con matices, las regulaciones se establecieron bajo marcos estrictos: el paciente debe ser mayor de edad, estar en pleno uso de sus facultades, padecer una enfermedad grave e incurable o un sufrimiento persistente e intolerable, y manifestar su voluntad de manera reiterada. Además, intervienen comités médicos y, en algunos casos, instancias de control posteriores. No es una decisión impulsiva ni individual, sino un proceso que busca equilibrar autonomía y garantías.
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Los argumentos a favor de la eutanasia apelan, en primer lugar, a la idea de dignidad. Así como una persona tiene derecho a vivir según sus valores, también debería poder decidir cómo y cuándo morir cuando el padecimiento es irreversible. No se trata de elegir la muerte, sino de evitar un sufrimiento que la medicina ya no puede paliar de manera aceptable para el paciente. La eutanasia aparece entonces como una forma de reconocer la soberanía del individuo sobre su propio cuerpo.
Otro argumento frecuente es el de la compasión. En situaciones de enfermedades terminales, con dolores físicos intensos o deterioro progresivo de la calidad de vida, la prolongación de la existencia puede ser percibida como una forma de ensañamiento terapéutico. En ese sentido, permitir la eutanasia no implica desvalorizar la vida, sino lo contrario: respetarla en su dimensión más humana, evitando que se reduzca a una mera supervivencia biológica.
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Este es un punto clave. Lo abstracto, la idea, la teoría de quien razona en contra de la eutanasia a partir de convicciones éticas, morales o religiosas, contra la realidad del sufrimiento ajeno. ¿Cómo decirle a alguien, cara a cara, que su deber es seguir soportando dolores y padecimientos indescriptibles? No es para cualquiera asumir ese rol.
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Y está la cuestión de la transparencia. En países donde la eutanasia es ilegal, como el nuestro, existen prácticas médicas que planean sobre zonas grises -como el retiro de tratamientos o la sedación profunda- y que podrían funcionar como formas encubiertas de acelerar la muerte. Legalizar la eutanasia permitiría establecer reglas claras, controles efectivos y un registro que evite abusos.
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Las voces en contra plantean objeciones igualmente contundentes. La principal es el valor intrínseco de la vida humana, independientemente de su estado. Desde esta perspectiva, ninguna circunstancia justifica provocar intencionalmente la muerte de una persona. Este argumento es central en tradiciones religiosas como la católica, que considera la vida un don inviolable (la Iglesia milita fuerte en contra de la eutanasia), pero también aparece en corrientes laicas que advierten sobre los riesgos de relativizar ese principio.
Uno de los temores más recurrentes es el de la “pendiente resbaladiza”. Quienes lo sostienen advierten que, una vez legalizada en ciertos casos excepcionales, la eutanasia podría expandirse gradualmente a situaciones cada vez más amplias, como personas con enfermedades no terminales, trastornos psicológicos o incluso menores de edad.
Otra crítica apunta a las posibles presiones -explícitas o implícitas- que podrían sufrir los pacientes. En contextos de vulnerabilidad, soledad o carga económica, la decisión de morir podría no ser completamente libre. ¿Hasta qué punto alguien elige morirse y hasta qué punto se siente obligado a no ser una carga para su familia o el sistema de salud?. El interrogante adquiere especial peso en sociedades con desigualdades profundas. Como la Argentina.
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En nuestro país son cinco los proyectos de ley de eutanasia que llegaron al Parlamento. Tienen en común una serie de principios: ser mayor de edad y tener capacidad legal; padecer una enfermedad grave, incurable o un sufrimiento crónico e imposibilitante; que la solicitud sea libre, voluntaria y reiterada; evaluación médica y, en algunos casos, verificación judicial o notarial; y objeción de conciencia para el personal de salud que no desee participar.
Los proyectos llegaron desde distintos sectores del arco político (uno es de Miguel Pichetto, otro de Julio Cobos, otro del bloque Unión por la Patria, y así), pero ninguno avanzó hacia el debate en comisiones. Tal vez el impacto del caso de Noelia Castillo Ramos impulse las iniciativas, aunque juega en contra el hecho de que el tema no figura en la agenda del oficialismo. Y está comprobado que es en esos casos -como sucedió con el divorcio durante el alfonsinismo o el matrimonio igualitario con el kirchnerismo- cuando el Congreso acelera.
¿Qué pasa con la opinión pública? Hay varios datos, más bien sueltos. Uno, muy interesante, es del observatorio Pulsar (Universidad de Buenos Aires). El 72% de sus encuestados estuvo “bastante de acuerdo o muy de acuerdo” con que “se permita a personas tomar decisiones sobre su propia muerte en situaciones médicas extremas”.
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El rol de la medicina también entra fuerte en disputa. Tradicionalmente, la ética médica se resume en el principio de “no dañar” y en la obligación de preservar la vida. Para muchos profesionales, participar en un procedimiento que tiene como fin la muerte del paciente implica una contradicción con ese mandato. Otros, en cambio, consideran que aliviar el sufrimiento forma parte esencial de su tarea, incluso si eso implica ayudar a morir en determinadas circunstancias.
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En sociedades donde la religión tiene un peso significativo la resistencia suele ser mayor. No es casual que la eutanasia no sea un tema en el mundo musulmán o en la India. Tampoco en países reconocidos por su férrea oposición a cualquier clase de ampliación de derechos, como Rusia o China. No obstante, incluso dentro de las comunidades religiosas emergen voces que proponen enfoques más matizados, centrados en la compasión y el acompañamiento del sufrimiento. Por ejemplo, el desarrollo de los cuidados paliativos aparece como un punto de encuentro parcial. El acceso a tratamientos que alivien el dolor, el acompañamiento psicológico y el apoyo a las familias son elementos esenciales para humanizar el final de la vida. Para algunos, fortalecer estos cuidados podría reducir la demanda de eutanasia; para otros, son caminos complementarios.
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En última instancia, la discusión sobre la eutanasia pone en juego preguntas fundamentales: ¿qué entendemos por una vida digna? ¿Hasta dónde llega la autonomía individual? ¿Qué responsabilidades tiene el Estado frente al sufrimiento? ¿Cuál es el límite de la intervención médica? No hay respuestas simples ni consensos universales.
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Lo imprescindible es hablar del tema con altura, debatirlo y darles voz a quienes sufren. Y no perder más tiempo. “No quiero ser ejemplo de nadie, sólo quiero dejar de sufrir”, sostuvo Noelia Castillo Ramos. De eso se trata, a fin de cuentas. De respetar las decisiones ajenas.























