Hoy, en la Argentina, trabajar y estudiar dejó de ser una virtud para convertirse en un desafío extremo. Los jóvenes que enfrentan esta doble exigencia son un ejemplo de voluntad, pero también los principales expuestos a una presión constante que no da tregua. La necesidad de cumplir en ambos frentes los somete a un estado de tensión permanente, sin espacios reales de descanso ni recuperación. Este ritmo sostenido no sólo impacta en su rendimiento académico y laboral, sino que está generando un fenómeno cada vez más visible: el aumento de problemas de salud vinculados al estrés. Ansiedad, agotamiento y trastornos asociados ya no son casos aislados, sino consecuencias directas de un esquema que exige sin contemplar límites humanos. En un contexto económico adverso, donde trabajar es una obligación para poder estudiar, el esfuerzo deja de ser formativo y pasa a ser una carga crítica. Si el sistema no reconoce esta realidad, el costo no será solo individual, sino generacional.
Williams Fanlo
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