Sexualmente hablando: sexo en lugares públicos
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Personas practican sexo en lugares públicos por falta de privacidad o búsqueda de excitación, una tendencia analizada por expertos debido a su persistencia en el imaginario social.
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La práctica, denominada 'dogging', surgió en el Reino Unido y se facilita hoy con apps. A diferencia de otras conductas, se basa en el consentimiento mutuo entre los participantes.
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El Código Penal argentino sanciona estas exhibiciones ante terceros. El impacto futuro reside en la prevención de riesgos de seguridad y el cumplimiento de las normativas legales.
Hay personas que se atreven a tener relaciones sexuales en lugares públicos. No es algo nuevo: plazas, parques, baños, el asiento de atrás del auto, la playa, la sala del cine, un ascensor… el imaginario colectivo ha construido toda clase de fantasías al respecto. De ahí que se vean reflejadas en libros, películas, cómics, etcétera.
Pero ¿cuáles son los motivos para incurrir en estas transgresiones? Algunos dicen haberse dejado llevar por el “calor” del momento, mientras que otros lo justifican por no contar con un espacio privado ni con los medios suficientes para pagar uno. Aunque también están los que intencionalmente buscan hacerlo, porque les resulta excitante. En esta última acepción se inscribe el llamado “dogging”: término referido a la práctica sexual de tener relaciones en lugares públicos -generalmente, de forma anónima- y hasta de contar con algún espectador.
El vocablo proviene de “dog” (“perro”, en inglés) y al parecer se popularizó en los años ‘70 en el Reino Unido, ya que los “mirones” sacaban a pasear al perro por ciertas zonas en las que era sabido que podía encontrarse gente teniendo sexo. Por eso surgió “cancaneo” como traducción al español: palabra que en su origen designaba la acción de caminar sin objetivo o “vagar”. Y que luego derivó en la idea de que se buscaba tener un encuentro sexual en ese paseo.
Otra versión sugiere el hecho de comportarse “como los perros”, que se aparean en cualquier lugar, sin importar quién tienen alrededor. O, sencillamente, que alude a la postura sexual “del perrito”, adoptada con frecuencia en estas situaciones.
Si bien existen opiniones que conectan esta práctica con ciertas parafilias -exhibicionismo, voyeurismo-, hay una diferencia importante: en el caso del “dogging” está presente el consentimiento entre las partes. De hecho, estos encuentros son producto de un acuerdo (ya sean casuales, o que se hayan pactado previamente).
Peligros y delitos
Previsiblemente, las nuevas tecnologías facilitan cada vez más este tipo de “citas” (por lo general son acordadas por Internet, a través de apps o de redes sociales). Por eso, nunca se insistirá demasiado en los riesgos de reunirse con personas desconocidas, ya que, detrás de la propuesta de sexo casual y sin compromiso -en la que ya es recomendable tener ciertas precauciones, como el uso de preservativo-, pueden esconderse otro tipo de intenciones y peligros.
Por otro lado, no está de más recordar que nuestro Código Penal, en su artículo 129, prevé multas, y hasta prisión, por ejecutar o hacer ejecutar a otros “exhibiciones obscenas expuestas a ser vistas involuntariamente por terceros”.






















