Hubo un tiempo en Tucumán en que el arte no estaba encerrado entre cuatro paredes. Respiraba al aire libre, bajo los árboles del Parque 9 de Julio, entre senderos, pérgolas y mañanas de verano. Allí funcionaba la inolvidable Escuela Infantil de Artes Plásticas, la querida “escuelita del parque”, donde generaciones de chicos tucumanos aprendieron a mirar la naturaleza con ojos de artista. Cada verano, en diciembre, enero y febrero, los niños con caballetes y cajas de pinturas nos distribuíamos por distintos rincones del parque buscando inspiración: un camino sombreado, una glorieta, un lago, una hilera de árboles. Pintábamos el paisaje tucumano mientras los maestros caminaban entre nosotros observando los trabajos. Por aquellas aulas sin paredes pasaron grandes artistas tucumanos convertidos en docentes. Recuerdo especialmente a Luis Lobo de la Vega, uno de los artistas plásticos más importantes de la historia de Tucumán y maestro de verdad. Cuando veía un cuadro demasiado cargado de árboles y plantas, solía acercarse diciendo con simpatía: “Cachafaz, ¿qué estás pintando?”. Y enseguida agregaba: “Poné una gallinita, un perrito, un gatito... dale vida”. Sin saberlo, enseñaba que un paisaje no es solamente vegetación sino también emoción, movimiento y humanidad. También integraban aquel querido staff de profesores el pintor Timoteo Navarro, el escultor Angel Dato, Dante Cipulli y otros artistas tucumanos que concurrían cada mañana a brindarnos enseñanzas y orientación. Todos ellos aportaban algo distinto, pero compartían una enorme sensibilidad humana y artística. Era un ambiente cálido, sencillo y profundamente creativo. Tanto Lobo de la Vega como Navarro literalmente vivían en la escuelita. Entre los recuerdos más curiosos que llevo dentro mío, aparece la escultura de Aráoz de La Madrid realizada por el escultor Angel Dato. Durante mucho tiempo permaneció apoyada en el suelo dentro del predio de la escuela, esperando ser colocada algún día en un pedestal. Los chicos la observábamos casi con misterio, sin imaginar que años después ocuparía un lugar definitivo en la Avenida Soldati. Aquella escuelita no era solamente una actividad de verano. Era una forma de educación sensible y humana. Allí muchos niños tucumanos tomaron por primera vez un pincel, descubrieron la belleza del paisaje y aprendieron que el arte también podía vivirse jugando. Hoy, cuando tantas cosas han cambiado, el recuerdo de aquella Escuela Infantil de Artes Plásticas permanece vivo en la memoria afectiva de quienes tuvimos el privilegio de pasar por ella. Era algo hermoso, algo sublime, difícil de explicar a las nuevas generaciones. Porque algunas enseñanzas no se olvidan nunca. Y algunos maestros tampoco. Y al hablar de aquella escuelita resulta imposible no terminar recordando a Timoteo Navarro. Seguramente muchos chicos y jóvenes del Tucumán actual que visitan el museo que lleva su nombre ya no saben quién fue, pero se trató de uno de los grandes paisajistas tucumanos del siglo XX. Pintó como pocos las callejuelas de barro del verano tucumano, los charcos trabajados con espátula, los suburbios humildes, los árboles, los caminos y esa atmósfera tan particular de nuestra provincia. Lo hacía de manera magnífica, con un estilo pictórico profundamente personal y probablemente único. El Museo Provincial de Bellas Artes lleva hoy su nombre. Y resulta muy emocionante saber que su fachada será escenario permanente de muestras fotográficas y culturales. Es sin duda un merecido homenaje a un grande de Tucumán, tanto como también lo fueron Lobo de la Vega, Dante Cipulli o Dato, y que formaron una pléyade de artistas extraordinarios del siglo XX que supieron plasmar con su arte el alma misma de nuestra tierra, nuestra querida Tucumán.
Juan L. Marcotullio
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