Por Silvia De Las Cruces
10 Mayo 2014
Mi adolescencia no hubiera sido igual sin mi Fernet. Tampoco mi paso por la universidad. Ni siquiera mi presente. Si hay algo que adoro en este mundo es a él, mi Fernet. Desde el 11 de marzo de 2010, cuando llegó a la casa de mis padres (todavía yo vivía allí), se convirtió en una gran compañía. Les pusimos de nombre así: Fernet, no recuerdo bien por qué. Creo que porque era negro -aún lo es, aunque con un poco de canas- o porque simplemente nos pareció simpático.
Toda la vida hubo muchos perros en mi casa, por lo menos tres o cuatro convivían en ese patio inmenso, debajo de la morera. Pero, por alguna razón, Fernet se destacaba siempre. ¡Su capacidad de reproducción fue algo que nos admiraba a todos! Perra que llegaba, perra que terminaba pariendo unos cachorritos negros. Y por supuesto que, de cada tanda, uno quedaba en casa. Eso ni hablar.
Ahora se lo ve avejentado. Y sí… tiene 14 años. El veterinario le recetó una pastilla para el dolor de huesos y apenas salta para trepar al sillón. Tal vez por eso nos confiamos y lo dejamos a solas con la caniche de mi mamá. ¡Grave error! Una vez más nos dio una lección de virilidad y ya hay un par de “mini-fernets” en camino.
Lo que antes hubiese sido una preocupación pasó a ser una más de las insólitas anécdotas de Fernet. Recibí la noticia entre las carcajadas de mi mamá, que todavía se admira. Ya en otra provincia, y engañándolo con un cocker, pienso en ese perrito negro mezcla de batata con no sé qué. Y lo extraño. Y quisiera estar ahí para volver a levantar a uno de sus cachorritos sin resistirme a la tentación de adoptarlo, porque siempre hay lugar para uno más.
Toda la vida hubo muchos perros en mi casa, por lo menos tres o cuatro convivían en ese patio inmenso, debajo de la morera. Pero, por alguna razón, Fernet se destacaba siempre. ¡Su capacidad de reproducción fue algo que nos admiraba a todos! Perra que llegaba, perra que terminaba pariendo unos cachorritos negros. Y por supuesto que, de cada tanda, uno quedaba en casa. Eso ni hablar.
Ahora se lo ve avejentado. Y sí… tiene 14 años. El veterinario le recetó una pastilla para el dolor de huesos y apenas salta para trepar al sillón. Tal vez por eso nos confiamos y lo dejamos a solas con la caniche de mi mamá. ¡Grave error! Una vez más nos dio una lección de virilidad y ya hay un par de “mini-fernets” en camino.
Lo que antes hubiese sido una preocupación pasó a ser una más de las insólitas anécdotas de Fernet. Recibí la noticia entre las carcajadas de mi mamá, que todavía se admira. Ya en otra provincia, y engañándolo con un cocker, pienso en ese perrito negro mezcla de batata con no sé qué. Y lo extraño. Y quisiera estar ahí para volver a levantar a uno de sus cachorritos sin resistirme a la tentación de adoptarlo, porque siempre hay lugar para uno más.
Temas
Tucumán


















