08 Junio 2014
“Esta época plantea grandes desafíos para la ética judicial. Hay cambios, conflictos y tensiones sociales, y los jueces no son ajenos a ellos. El Poder Judicial debería tener una independencia bien marcada del poder político, pero ese ideal parece difícil de realizar. Los jueces están más solos frente a la presión que ejerce el Poder Ejecutivo, porque este órgano a su vez influye más que nunca en el Poder Legislativo y le impide desarrollar una tarea de control real. Pero al final me parece que todo se alimenta mucho de la conciencia del juez, y de su sentido de la responsabilidad social e histórica. Al respecto, me parece que hay que pensar en el decoro, en esta vieja idea de que el juez debe ser y parecer. En la magistratura existe una gran diversidad: nada ganaríamos con ocultar que en algunos casos ocurren cosas escandalosas, pero también hay gente muy honesta, que no sólo lo es sino que también padece la deshonestidad ajena. Lo que hace ruido es lo que agrede, ¿pero cuántos jueces hay en la Argentina que se comportan tan correctamente que nadie los percibe? Lo peor que nos podría pasar es meter en la misma bolsa a los decorosos con los indecorosos, porque, primero, no habría estímulo para el decoro y, además, la sociedad tomaría decisiones equivocadas. Ser decoroso es tener sensibilidad social: un juez no debería hacer ostentación de la riqueza cuando su función es servir a los débiles”.
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