Las ciudades poseen vida propia. Más allá de la lógica que intentan imprimirles intendentes, funcionarios, concejales y urbanistas, se suelen desarrollar con una fuerza vital intrínseca. Las impulsan dinámicas invisibles e imparables que se terminan imponiendo a las políticas circunstanciales y a los planes maestros que bajan desde los escritorios. San Miguel de Tucumán y su área metropolitana (está integrada por otras seis ciudades y por varias comunas) es un ejemplo claro de esto último: frente a las demoras, los errores, los egoísmos y las omisiones de los dirigentes, son las mismas comunidades de vecinos las que -seguramente sin proponérselo deliberadamente- le van dando su impronta a cada sector. Algunas veces esto puede salir muy bien. Otras, muy mal. El Bajo y su zona de influencia entra claramente en esta categoría ¿Eso cambiará alguna vez? Hoy, al menos, parece difícil. Veamos por qué
El arranque de 2026 trajo novedades para este sitio tan cercano geográficamente del centro pero, al mismo tiempo, tan distante en identidad. Dos proyectos proponen -una vez más- intervenciones que, según las mismas analogías que plantean sus autores, buscan darle a este espacio enraizado en la historia de los tucumanos el aspecto de rincones icónicos de Buenos Aires. Uno de ellos, impulsado por un legislador, sugiere que allí se construya una especie de Puerto Madero vernáculo; el otro, que llega desde la intendencia, anhela algo parecido a La Boca. Para todo ello, claro, hace falta dinero. E imponerse a una fuerza aún más impetuosa que los millones: la caótica dinámica que le viene otorgando sentido a este lugar desde el fondo del tiempo. La muy recomendable serie de notas que publicó LA GACETA con la firma de Federico Türpe nos puede ayudar para entender su historia.
Hasta el siglo XIX, la zona en la que hoy está la plaza La Madrid -esa explanada invisible bajo las carpas de los feriantes- era un descampado que marcaba el límite de la ciudad. Se trataba de un área de pantanos debido a las aguas del río Salí; estos terrenos fueron secados y rellenados a partir de 1831 para sanear pestes como el cólera y la malaria (mucho más adelante, esto permitió la creación del parque 9 de Julio, pero es tema para otra columna). La llegada del primer tren el 13 de julio de 1892 transformó definitivamente al barrio y lo convirtió en la puerta de ingreso a la urbe. Esto desató una especie de fiebre comercial que lo consolidó como el principal centro de abastecimiento para los vecinos de la ciudad y para la población rural. De aquella época heredamos edificios de gran valor arquitectónico, como la Estación Central Norte, construida en 1890.
Durante el siglo XX, la zona se movió al ritmo de una intensa actividad ferroviaria. También albergó al Aero Club Tucumán, que luego se transformó en el aeropuerto Benjamín Matienzo, y la Terminal de Ómnibus. Justamente, la decadencia comenzó con la pérdida progresiva de los polos de transporte: el último tren partió en 1978, más adelante el aeropuerto se mudó a Cevil Pozo y la terminal se trasladó en 1994 un par de cuadras hacia el este. Sin embargo, el golpe definitivo ocurrió el 31 de enero de 1995, cuando por decreto se creó el entonces denominado Mercado de Pulgas -¡qué obsesión con Buenos Aires!- en un sector de la plaza para reubicar a vendedores ambulantes del microcentro. Esto derivó en la expansión del comercio irregular que desató la anarquía que impera hasta hoy.
Fallaron todos
A lo largo de los últimos 50 años, la historia reciente de El Bajo quedó marcada por proyectos fallidos. Hubo intentos de transformarlo, como el Programa de Renovación de Áreas Urbanas en 1992, que fue suspendido por falta de presupuesto, y propuestas para mudar la sede de la Intendencia al edificio de la ex terminal (en 1997 y en 2005). Ninguno de estos planes logró frenar el deterioro. Y tampoco pudo cambiar su función más intrínseca: la de seguir operando como el punto de encuentro entre el campo y la ciudad o, mejor dicho, entre el centro, la periferia y el interior. Eso que, justamente, lo hace único.
Hoy hay dos visiones en pugna. Por un lado aparece el anhelo de la intendenta Rossana Chahla: transformar El Bajo en un barrio pintoresco, turístico y gastronómico similar a La Boca en Buenos Aires. Por el otro, el legislador José Seleme propone seguir los lineamientos de lo que se hizo en la década del 90 con Puerto Madero, apostando por un desarrollo inmobiliario, científico y comercial de otra escala. El primero es un proyecto más amplio geográficamente, ya que propone intervenir casi 30 cuadras del sector histórico. Además, implica la reubicación de 152 puestos en lo que se denomina como un “Paseo popular”. El segundo se concentra, al menos en su primera etapa, en las ocho manzanas principales encuadradas entre las avenidas Sáenz Peña, Brígido Terán, Benjamín Aráoz y la calle José Ingenieros. Está atado a la creación de dos herramientas legislativas previas para destrabar los conflictos jurisdiccionales: la declaración de la plaza La Madrid como Patrimonio Cultural y la creación de un nuevo ente autárquico interjurisdiccional llamado Organismo de Coordinación y Planificación-El Bajo.
Con la historia en contra
Los antecedentes no juegan a favor de ninguna de estas ideas. Es más, si uno recorre hoy El Bajo se va a encontrar con un cambalache a veces pintoresco, otras veces indignante y, en buena medida, incomprensible. Allí conviven comercios que han sobrevivido el paso de las décadas, de las crisis y de los cambios tecnológicos en los que se consigue de todo (y cuando decimos de todo, es de todo: desde lápidas funerarias a arreos para los carros tirados por caballos, por ejemplo); veterinarias; galerías comerciales que ofrecen productos de dudosa procedencia, pero con precios competitivos; nuevos complejos comerciales; cadenas de comida rápida en las que es posible comprar hamburguesas sin bajarse del auto; veredas repletas por decenas de puestos ambulantes; oficinas públicas; carriles exclusivos para colectivos; autos rurales; adictos en las esquinas y en los semáforos; pungas, bikers, prostitución, turistas, oficinistas y un larguísimo etcétera.
Volvamos a la duda inicial: ¿el Bajo puede cambiar? La historia y los antecedentes no abonan esta posibilidad. Además, erradicar un epicentro de la irregularidad parece una tarea como mínimo desafiante. Pero hay otra cuestión: la condición de puerta de ingreso, de límite o de costura -como suele definir un dirigente peronista a esas zonas limítrofes que son de todos, pero que terminan siendo de nadie- le imprimen una dinámica difícil de desactivar. En otras ciudades sí se logró: Rosario, con los espacios verdes y los paseos que dan al Paraná, y Jujuy con sus parques lineales, por ejemplo. Pero acá hay un factor más complejo y muy difícil de asir: el de la cultura, la idiosincrasia, la identidad: ¿es acaso el Bajo una expresión geográfica y urbana de la tucumanidad? En la respuesta a esta pregunta estará quizás la clave para pensar el futuro.