El gobierno nacional pagó sin problemas la deuda que venció el viernes. Sí, debió pedir prestado para hacerlo, pero corresponden dos consideraciones. Una, que es lo usual en el mundo, un rollover de manual, colocando papeles nuevos para con lo recaudado pagar los papeles viejos o usando los títulos nuevos como pago de los viejos. La otra, que parte de lo debido se abonó con dólares propios. Es decir, la deuda total se redujo.
No es resultado sólo de esta operación puntual. El último dato oficial, de noviembre de 2025, muestra una deuda pública total, en moneda local y extranjera pero valuada en divisas, de 445.985 millones de dólares cuando en diciembre de 2024 era de 466.921 millones. Esto es, hasta noviembre la deuda pública disminuyó en 20.936 millones de dólares durante 2025, revirtiendo el aumento desde la registrada en noviembre de 2023 (425.294 millones) si bien en el alza durante 2024 hay que considerar el sinceramiento y correcto cómputo de deuda antes imputada al Banco Central.
Aunque se crítica que el gobierno “vive endeudando al país”, no es así. Vive tomando deuda pero la mayor parte de ella se usa en cancelar compromisos anteriores mientras que también abona con dólares adquiridos con el superávit y eso contribuye a reducir el pasivo.
Entonces, a la pregunta de para qué sirve un resultado fiscal positivo hay dos respuestas. La primera, para reducir la inflación. Porque el déficit del gobierno se cubre con deuda y uno de los acreedores típicos en Argentina es el BCRA. Así, el déficit fiscal se paga con emisión de dinero (préstamos del Central al PEN) y ella genera inflación. Tal emisión no ocurre cuando hay superávit y la inflación se reduce. La segunda respuesta es que si no hay necesidad de financiamiento el gobierno retrocede como demandante de crédito. Por supuesto, continúa en el mercado mientras sea necesario “rollear” pero no pide cada vez más como cuando hay déficit y entonces requiere préstamos para cumplir con la deuda vieja y más todavía para el déficit nuevo desplazando al sector privado. Y el resultado de buscar cada vez más préstamos (que ahora se está evitando) es que aumenta la tasa de interés y se achica el mercado de capitales. Lo primero porque hay un demandante voraz, lo segundo porque decae la actividad económica.
Antes de continuar corresponde un desvío relevante: no todo el endeudamiento público de 2025 fue para rollear. Una parte respondió a la necesidad de reducir la inestabilidad del mercado cambiario originada en el mal clima electoral. La tensión entre el Congreso y el Ejecutivo, que involucró proyectos legislativos demagógicos y sin fondeo, más los resultados de la elección de septiembre en la provincia de Buenos Aires hicieron pensar en el final de la línea económica del gobierno y su reemplazo por la irresponsabilidad económica. Característico de Argentina, eso se reflejó en retracción de gastos, compra de dólares por parte del sector privado y aceleración de la suba de precios. La deuda tomada en esos días incluyó abastecer de divisas tanto al BCRA como al mercado privado así como mostrar que en caso de emergencia hay países importantes dispuestos a apoyar al gobierno.
Ahora sí, volviendo al efecto desplazamiento, otro inconveniente del mismo es que el Estado es mal gastador. No sólo el crédito atiende más al gobierno que a las empresas sino que el gasto público es ineficiente y por lo tanto aporta poco a la actividad económica, la toma de empleo y el poder adquisitivo de los salarios. Por supuesto, los empleados públicos gastarán contentos, pero tarde o temprano el peso del desmadre fiscal también caerá sobre ellos.
Hay otro detalle al que debe irse prestando atención porque es esencial para el futuro. Parece claro que los préstamos caros disminuyen las chances de crecimiento del sector privado, sobre todo de las empresas más pequeñas. Pero debe tenerse cuidado al pensar en la tasa de interés. Aunque parezca evidente que cuanto menor sea la tasa, mejor, el crecimiento sostenido necesita una tasa real de interés positiva, es decir, mayor que la inflación. Es lógico. Los préstamos se otorgan a partir de los depósitos bancarios pero colocar dinero en las entidades financieras es poco atractivo si se pierde contra la inflación, si la tasa que pagan a sus clientes aunque luzca alta en realidad es negativa. Por decir cualquier número, supóngase un plazo fijo cuya tasa efectiva anual fuera 50 por ciento, cifra que parece alta, pero si se espera una inflación anual del 60 por ciento se pierde dejando el dinero en el banco. Entonces, además de que obviamente un préstamo costará más que 60 por ciento (hay que pagar el rendimiento del ahorrista y cubrir la ganancia esperada de la entidad) ese plus será mayor porque la oferta de crédito será menor pues hay menos dinero para prestar ya que hay menos depósitos.
Es común que los gobiernos pretendan que los bancos otorguen créditos con tasas negativas pero entonces lo negativo será el resultado. Primero, los bancos no quieren perder y en consecuencia de una manera u otra prestan a cambio de subsidios que aumentan el gasto público por lo tanto incrementan el efecto desplazamiento (el préstamo al sector privado se paga con préstamos al gobierno a tasas caras) que complica a las firmas que no califican para las líneas baratas. Y segundo, el crédito subsidiado suele ir a actividades que no rendirían lo suficiente para pagar un préstamo en condiciones normales, por lo que además de aumentar la escasez de fondos la actividad económica se desarrolla en procesos ineficientes y aumentan las chances de futuras crisis.
Para resumir, hay que ver más allá de cada transacción de toma o pago de deuda. Lo relevante es que el crédito apunte al sector privado y para lograrlo un camino es el apartamiento del Estado como deudor, lo que requiere superávit y tiempo.






















