Sentado en el infaltable barcito de un supermercado, vi que entró un joven matrimonio con dos niñitos. Todos, por llamativa coincidencia , usando anteojos y cargando en sus manos el ya infaltable celular. Expertos en su manejo, los niños comenzaron su diversión mezclando rápidas miradas y acción entre toboganes, sillitas, mesitas y jueguitos, risas, caídas y levantadas; todas, al parecer, coordinadas por el iluminado aparatito pegado a sus manos como parte integrante del juego: saltar, brincar, gritar, estirarse, etc., todo servía para el juego, bajo la guía de la iluminada pantallita. En la pequeña mesa de los padres, las tacitas de café esperando ser absorbido cada vez que su celular lo permitía, ajenos a lo que podría suceder a su alrededor. Con la mirada atenta a la blanca pantallita, y ninguna observación de valor para el grupito, esta joven familia completó su momento de salida familiar. ¿Qué temas abordaron los padres? ¿Qué juegos practicaron los niños? ¿Qué se ganó con la tal “salida”? Sólo el “celular” lo sabe.
Dario Albornoz
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