APORTA. La felicidad depende, entre otros aspectos, del pescado.
Según los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos, el cuerpo humano no sintetiza Omega-3 en cantidades suficientes, por lo que su ingesta a través de la dieta resulta indispensable para mantener funciones esenciales en el organismo. Las investigaciones, bajadas de la línea científica de la psiquiatría nutricional, básicamente concluyen que comer pescado -y todo lo que tenga vínculo con los productos de mar- sirven para ser más felices; influyen en el estado de ánimo y la salud mental.
La asociación de tres entes UniHcos (instituciones universitarias españolas), Fundación Española del Corazón y la Organización Mundial de la Salud (OMS) dan el mensaje central de que la dieta mediterránea, rica en productos del mar, es un escudo biológico contra la depresión.
UniHcos en sus investigaciones vinculó la falta de pescado con un aumento del 45% en el riesgo de depresión en una población de estudiantes. Ellos tienen casi el doble de probabilidades de sufrir síntomas depresivos en comparación con los que cumplen las recomendaciones de consumo.
Para la FEC hay que consumir pescado no solo por el Omega-3 físico, sino por su capacidad de ayudar a producir neurotransmisores que estabilizan el ánimo. Más haya que considera que hay que comerlos teniendo en cuenta que considera que la felicidad generada por componentes que tienen los productos del reino marítimo protegen el corazón.
Pero lo más fundamental es que la OMS hace tiempo adoptó la postura de que la nutrición es determinante en la salud mental. La propia OMS sostiene que las estadísticas marcan que la depresión será la principal causa de discapacidad. Eso le da más sustento al enfoque "pescado-felicidad" como una política de salud pública urgente, por más que pueda generar una mueca de risa.
Los problemas
La relación con los productos del mar es de las más ambivalentes en la gastronomía global. Existe una tensión constante entre su estatus, más que respetable por su bondades, pero las barreras sensoriales generan que una gran parte de la población no los consuma.
Con esos conceptos su popularidad es racional, queremos sus beneficios, pero la reticencia visceral incomoda. El olor es la barrera número uno porque suele ser asociado a la descomposición. Sin embargo, un producto del mar verdaderamente fresco debe oler a brisa marina o algas, casi neutro.
La textura, es otro punto fatídico: hay texturas gomosas, viscosas que pueden resultar repulsivas si el paladar está habituado a fibras musculares como la vaca o el pollo. También muchos de los ejemplares culinarios conservan su forma original en el plato (ojos, antenas, valvas), algo que puede resultar chocante porque recuerda demasiado al animal vivo.
En lugares alejados de la costa, como Tucumán, esa reticencia es mayor. El motivo de desconfianza se debe a que se duda si la cadena de frío puede mantenerse, lo que convierte al producto en algo especial, consumible sí, pero bajo un estricto pensamiento controlado.






















