MULTITUD. Calles colmadas y abrazos sin diferencias. La consagración en Qatar 2022 mostró al país en su versión más unida.
Hay una imagen que vuelve siempre a mi cabeza cada año de un Mundial. Primer grado, colegio Tulio e Italia ‘90, quizás el Mundial más romántico de todos. En el colegio, las clases se interrumpían cada vez que jugaba la Selección. No había discusión posible ni programa que sostener. Nos juntaban a todos en la sala de cine del colegio y ahí, apretados, ruidosos y quizás sin entender del todo lo que veíamos pero sintiendo todo, vibrábamos con cada partido. No era solamente un juego, era otra cosa. Algo que, incluso a esa edad, se percibía como importante.
Con el tiempo (ya de grande) entendí qué era eso que se respiraba en ese silencio previo a cada partido, en cada grito descontrolado de un gol o en esa sensación de que todos estábamos del mismo lado sin necesidad de decirlo. Y eso, hoy sigue pasando.
No importa demasiado el horario, ni el rival. Ni siquiera el contexto. Alcanza con que la Selección salga a la cancha en una Copa del Mundo para que todo lo demás, al menos por un tiempo, pierda volumen. Entonces la Argentina, esa misma que discute por todo, que se fragmenta con facilidad y que vive en una tensión permanente, encuentra una forma de ordenarse. No institucionalmente ni desde arriba, sino desde un lugar más profundo, más difícil de definir pero imposible de negar. Se ordena emocionalmente, se alinea y se reconoce en algo común que no necesita ningún tipo de traducción.
Durante cada Mundial, las diferencias no desaparecen, pero dejan de ser determinantes. Nadie pregunta a quién votaste en la última elección antes de abrazarte por un gol; nadie se detiene en de qué club sos hincha cuando la camiseta es la misma para todos. Da lo mismo si sos de San Martín, de Atlético, de Boca o de River … Si vivís en Tucumán o en Buenos Aires; si pensás de una manera o de otra. Todo eso, que en la vida cotidiana parece ser algo central, durante un Mundial pasa a un segundo plano.
Lo que aparece en primer lugar es otra cosa, y se trata de una dirección compartida. Un deseo común, claro, casi primitivo en su simpleza. Porque el argentino es así y quiere ganar siempre. Eso quieren todos, sin matices, sin condiciones y sin la necesidad de acordar nada más que eso.
El video que recientemente sacó la AFA para promocionar la Copa del Mundo 2026, con esa idea de “activar el aura”, intenta capturar precisamente esa energía que circula cuando la Selección juega. Esa sensación de que hay algo que nos atraviesa a todos al mismo tiempo y que nos conecta sin pedir permiso. Y aunque suene a eslogan barato, hay algo de cierto en esa intuición, porque existe una forma de estar juntos que los argentinos conocemos bien, porque la ejercemos, porque la vivimos y porque la sentimos en la piel cada vez que un partido nos pone en ese lugar.
El problema no es la falta de identidad colectiva porque eso nunca fue nuestro punto débil. El inconveniente radica en que esa identidad aparece de manera intermitente, casi como si necesitara una excusa para manifestarse. El Mundial funciona como el disparador perfecto porque simplifica todo, reduce la complejidad a una lógica básica, elimina las zonas grises y obliga a mirar a todos en una sola dirección.
Pero ahí es donde aparece la pregunta incómoda y la que queda flotando cuando el ruido baja. Si sabemos hacer eso, y si somos capaces de alinearnos, de reconocernos en un objetivo común, de sentir que el otro suma en lugar de restar, ¿por qué esa lógica no se traslada a todos los ámbitos de nuestra vida?
La Argentina que aparece en los Mundiales no es una fantasía ni una construcción artificial. Es una versión real y concreta; que existe, aunque dure poco. Una Argentina que entiende, aunque sea por un tiempo acotado, que hay cosas que están por encima de las diferencias que podemos tener todos los ciudadanos. Que comprende que no todo es una disputa y que no siempre hay que ganar la discusión para poder avanzar.
En esos días, en los que el equipo sale a la cancha y la pelota rueda, el otro deja de ser un adversario permanente y se convierte en parte de algo más grande, solamente porque cambia el modo en el que se lo mira. Y ese cambio de perspectiva, que en el fútbol parece natural, en la vida cotidiana se vuelve excepcional.
No parece ser incapacidad, sino decisión
Cada cuatro años la Argentina se permite ser otra cosa. Más simple, más conectada y más consciente de que el esfuerzo colectivo tiene un sentido. Cada cuatro años también deja en evidencia que esa versión no es imposible y que no está fuera de alcance ni pertenece a un plano idealizado.
Esa idea está ahí, aparece, se hace visible, se vive y cobra mucha fuerza. Claro que después, cuando el árbitro pita el final, y como si fuera parte del mismo ritual, se diluye. Y ahí vuelven las discusiones, las divisiones y las certezas absolutas. Vuelve la necesidad de diferenciarse antes que la de encontrarse, como si ese mes hubiera sido apenas una excepción, un paréntesis emocional sin consecuencias.
Pero no lo es, o no debería serlo. Porque si alguna vez fuimos capaces de empujar todos para el mismo lado, aunque haya sido detrás de una pelota, entonces el problema no es la imposibilidad, sino la decisión. Y ahí, quizás, está todo lo que todavía nos debemos como país.
















