El aire en la sala está viciado; huele a aceite quemado de lámparas y sudor frío de miedo. Los discípulos antes orgullosos, se han reducido a bultos oscuros que apenas respiran agrupados en los rincones, todos están cubiertos de cenizas y sus ropas rasgadas insinúan la muerte de un familiar. El shabbat se agota y aquella promesa languidece. La incertidumbre oprime sus pechos y el regreso a las redes de pesca abandonadas por años, parece un símbolo de su derrota. De repente un resplandor plateado corta la noche e ingresa por una ventana. En la penumbra Pedro se incorpora con los puños cerrados mientras Juan rompe el silencio en un susurro: -“No puede ser el sol...” Pedro observa el entorno y, por primera vez en tres días, sus ojos vuelven a tener aquel brillo, cuando le responde: -“No… Debe ser Él...”. Ya no importan el haberse dormido, las negaciones, el abandono, el juicio, los latigazos, la crucifixión, las corridas, el esconderse o los guardias; mientras las mujeres caminan al sepulcro con las primeras luces del domingo la eternidad ha recuperado su centro. “¡Christos Anesti!” (Cristo ha resucitado). “Alithos Anesti” (Verdaderamente ha resucitado).
Marcelo Daniel Castagno
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