Pueblos fantasma: Federación, la Atlántida argentina que resurge con la memoria

  • La ciudad de Federación, Entre Ríos, fue sumergida y relocalizada en la década de 1970 debido a la construcción de la represa Salto Grande, marcando su historia para siempre.
  • Tras 120 años de historia, los pobladores se despidieron con un asado popular antes de que el avance del agua cubriera los edificios céntricos y la iglesia del antiguo asentamiento.
  • Considerada la 'Atlántida argentina', la memoria de la ciudad vieja impulsa su identidad actual. El caso destaca el impacto social y emocional de las grandes obras de infraestructura.

CERCA DEL FINAL. La iglesia y otros edificios céntricos de la ciudad de más de 120 años, a poco del avance de las aguas y ya sin sus pobladores. CERCA DEL FINAL. La iglesia y otros edificios céntricos de la ciudad de más de 120 años, a poco del avance de las aguas y ya sin sus pobladores.
Carlos Werner
Por Carlos Werner 24 Abril 2026

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El lecho se ve barroso, mojado y lleno de piedras. Al alcance de la mano, un vidrio azul, caracoles y diminutos mejillones aferrados a restos de ladrillos. También asoma un tenedor, un plato de cerámica. Un poco más allá, restos de troncos enormes talados. A la distancia aparecen los esbozos de calles, algunas todavía con el cemento intacto, que arman una especie de tablero de ajedrez, además de cimientos, baldosas y mármol quebrado.

Lo que se ve cuando bajan las aguas del lago artificial de Salto Grande es un compendio de imágenes distópicas de la Vieja Federación, Entre Ríos. Aparecen aquí y allá, como si se tratara de un capítulo de “El eternauta”. Mientras, la Nueva Federación, ubicada a cinco kilómetros, está viva y en crecimiento, pero sin perder la memoria de sus orígenes.

La historia de Federación es, en esencia, la de un pueblo que debió reinventarse más de una vez. No se trata sólo de una ciudad trasladada, sino de una comunidad que atravesó tres asentamientos distintos y dos procesos de relocalización a lo largo de su existencia. Desde sus orígenes en tiempos de las Misiones Jesuíticas hasta su desaparición bajo las aguas, representa una de las experiencias más profundas de desarraigo colectivo en la Argentina.

Mandisoví

El nacimiento del primer asentamiento se remonta a 1777, cuando Juan de San Martín, gobernador de Yapeyú y padre del Libertador (nada menos), fundó la estancia Mandisoví. Este espacio funcionaba como una posta estratégica en el circuito comercial que conectaba a los pueblos misioneros con Buenos Aires. Con el tiempo, ese enclave adquirió relevancia y comenzó a consolidarse como un núcleo poblacional estable.

En 1810, Manuel Belgrano impulsó el llamado Decreto Belgraniano, que otorgó la propiedad de las tierras a los habitantes de la zona y estableció los límites de la jurisdicción. Este hecho consolidó a Mandisoví como una comunidad organizada, con alrededor de 650 habitantes, que comenzaba a perfilarse como una comarca en crecimiento.

VESTIGIOS. Al bajar el agua, se pueden ver cimientos, y algunos objetos. VESTIGIOS. Al bajar el agua, se pueden ver cimientos, y algunos objetos.

Sin embargo, la historia de Federación estaba marcada por el movimiento. En 1847, bajo el gobierno de Justo José de Urquiza, el poblado fue relocalizado por el coronel Manuel Antonio Urdinarrain a orillas del río Uruguay. Este traslado no sólo implicó un cambio geográfico, sino también simbólico: el pueblo pasó a llamarse Federación, en homenaje a la causa federal. Así nacía el segundo asentamiento.

Fue en este lugar donde la ciudad alcanzó su mayor desarrollo. La actividad maderera impulsó su economía y le dio un período de prosperidad que se extendió durante décadas. La vida cotidiana transcurría entre calles arboladas, casas amplias y una fuerte vida comunitaria. Los testimonios coinciden en recordar una ciudad viva, con identidad propia, donde los vínculos sociales eran estrechos y el paisaje natural formaba parte central de la vida.

Pero el destino de Federación cambiaría definitivamente en 1946, cuando el gobierno de Juan Domingo Perón firmó el tratado binacional con Uruguay para la construcción del Complejo Hidroeléctrico de Salto Grande. El objetivo era la generación de energía, con un proyecto que implicaba la creación de un embalse que cubriría completamente la ciudad. Desde ese momento, la desaparición de Federación quedó sellada, aunque el proceso se extendería durante más de tres décadas.

LA GENTE SE VA. Cualquier tipo de vehículo se usó para el traslado. LA GENTE SE VA. Cualquier tipo de vehículo se usó para el traslado.

Durante años, la amenaza fue una presencia constante en la vida de los habitantes. La incertidumbre convivía con la rutina diaria, mientras la obra se demoraba y las decisiones se postergaban. Recién en 1974 comenzaron formalmente los trabajos, generando un impacto inmediato en la comunidad, que por entonces contaba con unos 5.000 habitantes.

En 1977 se inició la construcción de la Nueva Federación. El proyecto fue presentado como un modelo de modernidad y planificación urbana, con infraestructura avanzada y servicios subterráneos. Sin embargo, esa visión técnica contrastaba con la experiencia real de los habitantes, que veían cómo su ciudad era demolida y su historia quedaba a punto de desaparecer.

El adiós

El traslado fue abrupto. Las familias fueron llevadas a una ciudad en construcción, sin árboles, con calles de barro y servicios incompletos. Muchas viviendas carecían de puertas o terminaciones, y la vida cotidiana se desarrollaba en medio de obras inconclusas. El contraste con la vieja ciudad, llena de vegetación y espacios amplios, fue profundo.

Pero antes de que todo quedara bajo el agua, generando una leyenda moderna de la Atlántida en territorio argentino, la comunidad protagonizó un gesto que sintetiza su identidad: un gran asado popular de despedida. En la plaza, los vecinos se reunieron para compartir comida, recuerdos y emociones. La carne asándose en distintos puntos, mesas improvisadas, abrazos y lágrimas, marcaron una jornada inolvidable. Fue, en definitiva, una despedida colectiva, un ritual comunitario frente a lo inevitable.

MUCHA VIDA Y DIVERSIÓN. Un día de playa, en la vieja Federación. MUCHA VIDA Y DIVERSIÓN. Un día de playa, en la vieja Federación.

Pocos días después, en marzo de 1979, el agua comenzó a avanzar. Mientras el presidente de facto Jorge Rafael Videla estuvo de visita y habló del futuro, la ciudad se hundía lentamente. Calles, casas, plazas y edificios quedaron sepultados bajo el embalse. La vieja Federación desaparecía físicamente, pero no en la memoria de su gente.

La Nueva Federación fue inaugurada el 25 de marzo de 1979. Con el tiempo, logró consolidarse como una ciudad ordenada, con desarrollo urbano y nuevas oportunidades económicas. Sin embargo, los primeros años estuvieron marcados por el desarraigo y la adaptación a un entorno extraño.

Las opiniones de los antiguos pobladores reflejan esa dualidad. Algunos reconocen los beneficios del progreso y el desarrollo que trajo la nueva ciudad. Otros, en cambio, expresan una nostalgia profunda por lo perdido. “Nos dieron casas, pero no el lugar”. Los recuerdos de carnavales, calles arboladas, talleres familiares y encuentros comunitarios siguen presentes en los relatos.

Ocasionalmente, la vieja Federación reaparece cuando el nivel del agua baja. Entonces, el pasado emerge literalmente. Los antiguos habitantes recorren esos espacios con una mezcla de asombro y emoción. Esos recorridos son verdaderos viajes en el tiempo. “Aquí estaba la plaza, con sus azaleas. Allá la iglesia, la escuela, la comisaría, el bar que hacía de terminal, la estación de trenes”, recuerdan. Cada fragmento reconstruye una ciudad que ya no existe, pero que sigue viva en la memoria colectiva.

La escena en esas ocasiones es casi surrealista: personas caminando por el lecho de un lago entre seco y mojado. Sin embargo, lejos de ser una imagen fantástica, es una experiencia profundamente real y cargada de significado.

El traslado de Federación también dejó huellas en su desarrollo posterior. En la década de 1990, la ciudad encontró una nueva oportunidad con el descubrimiento de aguas termales. En 1997 se inauguró el parque termal, que se convirtió en un motor turístico fundamental. Hoy, la economía local se sostiene en actividades como el turismo, la madera, la citricultura y el comercio.

A pesar de ese crecimiento, la memoria de la vieja ciudad sigue presente. Los testimonios de los habitantes son el principal puente entre el pasado y el presente. La historia del pueblo que fue tres veces -Mandisoví, Vieja Federación y Nueva Federación- es también la historia de la resiliencia. La de una comunidad que aprendió a convivir con la ausencia.

Hace más de 50 años: el recuerdo de lo que quedó sumergido

Cada vez que el nivel del lago de Salto Grande desciende cuando bajan las aguas del río Uruguay, la vieja Federación vuelve a aparecer. Como ocurre, por ejemplo en Santiago del Estero, con la vieja Villa Río Hondo, hoy sumergida en el lago del dique Frontal. Calles, cimientos, escaleras y objetos cotidianos emergen del barro, permitiendo a los antiguos habitantes recorrer el lugar donde vivieron. Esos momentos generan escenas cargadas de emoción: vecinos que señalan dónde estaban sus casas, la plaza o la iglesia. Mucho de ello se puede leer en la cuenta de Facebook “Vieja Federación”, una magnífica vidriera de fotos, recuerdos y palabras. Más que un fenómeno natural, la bajante se convierte en un reencuentro con la memoria. La ciudad sumergida revive por unos días, recordando que, pese al agua, nunca desapareció del todo.

El presente: hoy, una ciudad moderna y turística

La nueva ciudad de Federación, edificada en 16 meses, está situada en el noreste de  Entre Ríos y tiene como principales fuentes laborales al turismo, las actividades maderera, citrícola y ganadera. Cuenta con un diseño contemporáneo y vanguardista, que ofrece una vista excepcional del impresionante espejo de agua que abarca 78.300 hectáreas, muy visitado por los locales y los turistas. Cada área de la ciudad presenta un atractivo particular y se integra en una estructura cohesiva, conectadas por la avenida comercial, que actúa como el eje de comunicación entre las distintas zonas, facilitando su funcionalidad. El diseño incluye un 60% de espacios verdes (se destacan los jardines con flores), predominantemente en la costanera, que se extiende a lo largo de ocho kilómetros, realzando la fusión de agua, vegetación y luz solar en el paisaje. Desde los años 90, en la ciudad se impulsó fuertemente el turismo termal.

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