La presión fiscal castiga a los productores

Panorama rural por Ernesto José Caram. El complejo agroindustrial argentino fue el responsable de haber logrado para el país récord en cosechas y en exportaciones.

16 Diciembre 2005

Nadie puede dudar que los dos últimos años vividos por los argentinos dieron motivos suficientes para decir que el país experimentó una importante recuperación en su economía. Pero vale aclarar que, como ocurrió en la década del 90, el crecimiento no fue privativo de los argentinos ni de sus gobiernos de turno, ya que los principales países del mundo experimentaron también una expansión y, en muchos casos, con niveles superiores al de nuestro país.
Pero eso sí, de lo que estamos seguros, es que el complejo agroindustrial argentino fue el responsable de haber logrado un nuevo récord en producción y en exportaciones, que superaron las 80 millones de toneladas en granos, por un lado, y más de 25.000 millones de dólares exportados en productos agroindustriales, por el otro.
Y todos estos logros fueron afrontados por un sector productivo que debió soportar, tanto de parte de la Nación como de la provincia, elevados impuestos, la mayoría de ellos distorsivos (retenciones, Impuesto al Cheque, Impuesto a las Ganancias elevados, Ingresos Brutos, elevadas tasas inmobiliarias, etc.). Estos impuestos sólo encontraron un justificativo en cuanto su validez desde las esferas gubernamentales, que siguen tomando al hombre de campo como la "caja" de donde abastecerse con dinero cantante y sonante. Y lo peor de todo es que el gasto público nunca se detuvo y se espera para 2006 un crecimiento mayor al 12%.
El campo sigue siendo la bisagra para los ajustes y si no habrá que preguntarles a los ganaderos o a lo lecheros, que vieron como por un crecimiento de los precios de sus productos, fruto de la oferta y de la demanda (mercado ideal), el Gobierno nacional decidió subirles las retenciones de manera arbitraria e injustificada culpándolos de una inflación, de la que muy poco tienen que ver.
No hay dudas que la solución pasa por promover la producción para aumentar la oferta, en todos los sectores, y nunca pensar en castigarla. Urge implementar para los próximos años políticas proactivas a favor del campo, con incentivos concretos para elevar la competitividad de los actos productivos y, más aún, de la iniciativa privada (la más genuina de todas).
Tenemos que convencernos que no basta con pedir en la ronda de Doha una baja en los subsidios agrícolas de los países desarrollados, cuando en nuestro país esos mismos funcionarios continúan aplicando retenciones salvajes a los productores agropecuarios argentinos haciéndoles perder competitividad a pasos agigantados.
Este impuesto tan injusto como extorsivo, a lo único que conducirá será a restarle confianza a los productores, sobre todo dentro de los escasos sectores nacionales que hoy la pudieron conservar. Este accionar poco profesional pone a los funcionarios argentinos en una situación controversial cuando se plantean las situaciones en los foros internacionales.
La Sociedad Rural Argentina sostuvo recientemente que a pesar de no recibir subsidios ni incentivos a la producción, el campo aporta al país nada más y nada menos que 83,5 millones de toneladas de producción en cereales y en oleaginosas; una faena de 3 millones de toneladas peso res con hueso; una producción de leche de más de 10.000 millones de litros, una producción superior a las 2 millones de toneladas de azúcar, una exportación de más de 1,2 millones de toneladas de frutales, entre otros. Estas cifras son por demás elocuentes y dan cuenta de lo que un sistema productivo puede dar si se lo dejara crecer en libertad. El hombre de campo argentino sabe que aún queda mucho por hacer y por luchar y que las soluciones no vendrán desde el exterior sino, por el contrario, se resolverán internamente.
Y para ello también sabe que hacen falta políticas concretas a favor de la producción. Pero esto que parece tan sencillo no lo puede entender aún el grueso de los dirigentes que hoy conducen los destinos de nuestra Nación. No hay dudas de que el gran desafío estará en saber persuadirlos para que se den cuenta -de una vez por todas- que el productor agropecuario es el principal accionista de nuestro país, y el Estado se deberá convertir en un importante socio que aporte soluciones y no conflictos.
Para 2006 no se esperan grandes cambios en materia agropecuarias, pero de seguro los hombres de campo demostrarán una vez más porque son reconocidos en el mundo por la elevada competitividad de sus producciones.

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