27 Enero 2006
En la actual campaña, el sur del área cañera tucumana -principalmente- fue atacada una vez más por la oruga cuarteadora. La particularidad del ataque de este año fue el adelanto en la fecha con que comenzaron a reportarse los primeros casos.
Mientras en los dos años anteriores la aparición de la plaga fue hacia fines de enero y durante febrero, en esta ocasión los primeros casos se reportaron a fines de diciembre y con intensidad desde la segunda semana de enero, en la región sur de la provincia.
En esta campaña las abundantes lluvias de noviembre y de diciembre, en la zona sur especialmente, impidió a algunos productores realizar los controles de malezas de cierre, lo que, en parte, aportó el hábitat para la oruga.
Biológicamente, esta oruga es el estado larval de una mariposa de hábito nocturno (Mocis latípes), explicó a LA GACETA Rural el ingeniero Federico Pérez Zamora. El gusano, para crecer de 1 a 2 mm de largo al nacer, hasta los 44 a 55 mm al completar el estado larval, ingiere gran cantidad de tejido foliar (hoja) de la caña, que multiplicado por 4 a 6 generaciones entre diciembre y marzo, refleja el alcance del problema, agregó.
El tejido foliar es el generador de los recursos energéticos del cañaveral, por lo tanto es el proveedor de los recursos económicos del productor cañero.
"Volviendo a la base agronómica del tema, el conjunto de hojas fisiológicamente activa funciona como una antena que capta la energía solar y el dióxido de carbono, que son los componentes esenciales para la generación de los recursos alimenticios que la caña necesita para crecer. Por lo tanto, cualquier factor biológico, climático o nutricional que atente contra la superficie foliar funcional del cañaveral, impacta directamente sobre los márgenes brutos del negocio cañero", indicó Pérez Zamora.
En casos de daños, el cañaveral debe reconstituir su estructura foliar activa. Mientras eso ocurre, la tasa de crecimiento es mínima o nula. Esta reconstitución puede durar 30 días, que durante enero (mes en el que normalmente se registra la mayor tasa de crecimiento), puede traducirse en pérdidas de hasta un 50% de caña y de azúcar, según los reportes de la EEAOC.
El productor cañero debe tener siempre presente que Tucumán tiene solo nueve meses de crecimiento efectivo -apuntó- y que la pérdida de crecimiento en el mes central de la campaña significa una pérdida económica importante. La característica del ataque es que aparece por sectores de variadas superficies, en donde el daño -a los pocos días de detectadas las primeras orugas sobre las hojas- se hace grave.
Durante la recorrida por campos cañeros del sur se verificaron daños de moderada a alta intensidad. Esta velocidad con que la oruga hace daños de magnitud, amerita que el productor recorra al menos dos veces por semana el cañaveral en forma minuciosa, buscando a la oruga en hojas de la caña, tanto en los borde como en el interior del lote, en pastos de cabeceras o en algunas malezas que puedan haber quedado.
Las lluvias sólo afectan momentáneamente la acción de estas orugas, ya que a las 48 horas de ocurrida una lluvia la actividad de esta plaga es intensa nuevamente. Por eso la recomendación es que, después de una precipitación intensa, hay que dejar pasar 24 horas y reanudar las inspecciones a los lotes.
La presencia de dos orugas sobre las hojas, por metro de surco, justifica la decisión de control químico, ya que seguramente hay dos o tres más en el suelo entre los rastrojos o en alguna maleza que no la están viendo.
También la presencia de los excrementos de las orugas que se ven diseminados sobre la base del surco como semilla de maleza, en forma de pelotitas de alrededor de 2 mm en color pardo claro, es un indicador que debe alertar al cañero.
"La falta de pisos operables en las últimas semanas y la altura de las cañas obligaron a muchas empresas cañeras, conocedoras de la voracidad de estas orugas, a hacer pulverizaciones aéreas, ante su presencia. Un ejercicio económico simple muestra que un control químico (producto + aplicación aérea) cuesta entre $ 30 y $ 35 por hectárea, y eso puede salvar al productor de un daño grave de la oruga, que puede traducirse en 20 a 25 toneladas de pérdida de caña por hectárea, que libres de costos de cosecha y flete tienen un valor de al menos 20 veces superior al costo del control", resaltó Pérez Zamora.
Finalmente, reflexionó: "la agricultura cañera moderna y competitiva se concibe sobre bases técnicas y económicas sólidas, integradas en un manejo agronómico eficiente y oportuno, sobre todas las cosas".
Mientras en los dos años anteriores la aparición de la plaga fue hacia fines de enero y durante febrero, en esta ocasión los primeros casos se reportaron a fines de diciembre y con intensidad desde la segunda semana de enero, en la región sur de la provincia.
En esta campaña las abundantes lluvias de noviembre y de diciembre, en la zona sur especialmente, impidió a algunos productores realizar los controles de malezas de cierre, lo que, en parte, aportó el hábitat para la oruga.
Biológicamente, esta oruga es el estado larval de una mariposa de hábito nocturno (Mocis latípes), explicó a LA GACETA Rural el ingeniero Federico Pérez Zamora. El gusano, para crecer de 1 a 2 mm de largo al nacer, hasta los 44 a 55 mm al completar el estado larval, ingiere gran cantidad de tejido foliar (hoja) de la caña, que multiplicado por 4 a 6 generaciones entre diciembre y marzo, refleja el alcance del problema, agregó.
El tejido foliar es el generador de los recursos energéticos del cañaveral, por lo tanto es el proveedor de los recursos económicos del productor cañero.
"Volviendo a la base agronómica del tema, el conjunto de hojas fisiológicamente activa funciona como una antena que capta la energía solar y el dióxido de carbono, que son los componentes esenciales para la generación de los recursos alimenticios que la caña necesita para crecer. Por lo tanto, cualquier factor biológico, climático o nutricional que atente contra la superficie foliar funcional del cañaveral, impacta directamente sobre los márgenes brutos del negocio cañero", indicó Pérez Zamora.
En casos de daños, el cañaveral debe reconstituir su estructura foliar activa. Mientras eso ocurre, la tasa de crecimiento es mínima o nula. Esta reconstitución puede durar 30 días, que durante enero (mes en el que normalmente se registra la mayor tasa de crecimiento), puede traducirse en pérdidas de hasta un 50% de caña y de azúcar, según los reportes de la EEAOC.
El productor cañero debe tener siempre presente que Tucumán tiene solo nueve meses de crecimiento efectivo -apuntó- y que la pérdida de crecimiento en el mes central de la campaña significa una pérdida económica importante. La característica del ataque es que aparece por sectores de variadas superficies, en donde el daño -a los pocos días de detectadas las primeras orugas sobre las hojas- se hace grave.
Durante la recorrida por campos cañeros del sur se verificaron daños de moderada a alta intensidad. Esta velocidad con que la oruga hace daños de magnitud, amerita que el productor recorra al menos dos veces por semana el cañaveral en forma minuciosa, buscando a la oruga en hojas de la caña, tanto en los borde como en el interior del lote, en pastos de cabeceras o en algunas malezas que puedan haber quedado.
Las lluvias sólo afectan momentáneamente la acción de estas orugas, ya que a las 48 horas de ocurrida una lluvia la actividad de esta plaga es intensa nuevamente. Por eso la recomendación es que, después de una precipitación intensa, hay que dejar pasar 24 horas y reanudar las inspecciones a los lotes.
La presencia de dos orugas sobre las hojas, por metro de surco, justifica la decisión de control químico, ya que seguramente hay dos o tres más en el suelo entre los rastrojos o en alguna maleza que no la están viendo.
También la presencia de los excrementos de las orugas que se ven diseminados sobre la base del surco como semilla de maleza, en forma de pelotitas de alrededor de 2 mm en color pardo claro, es un indicador que debe alertar al cañero.
"La falta de pisos operables en las últimas semanas y la altura de las cañas obligaron a muchas empresas cañeras, conocedoras de la voracidad de estas orugas, a hacer pulverizaciones aéreas, ante su presencia. Un ejercicio económico simple muestra que un control químico (producto + aplicación aérea) cuesta entre $ 30 y $ 35 por hectárea, y eso puede salvar al productor de un daño grave de la oruga, que puede traducirse en 20 a 25 toneladas de pérdida de caña por hectárea, que libres de costos de cosecha y flete tienen un valor de al menos 20 veces superior al costo del control", resaltó Pérez Zamora.
Finalmente, reflexionó: "la agricultura cañera moderna y competitiva se concibe sobre bases técnicas y económicas sólidas, integradas en un manejo agronómico eficiente y oportuno, sobre todas las cosas".
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