03 Febrero 2006
Las tormentas de enero alcanzaron las características de lluvias torrenciales, con altas pluviometrías en poco tiempo. El fenómeno determinó que se produjeran escorrentías de diversa magnitud, las que tuvieron como consecuencia los daños que todos conocemos.
Los meteoros, también, afectaron gravemente a los sistemas de riego y otros usos del agua, lo que puso al descubierto la inexistencia de una red de canales de desagües limpios y con capacidad para evacuar los caudales precipitados. Las lluvias fueron en general buenas para el agro, pero en muchos casos, de alta intensidad y con poco tiempo de ocurrencia. De manera que el aporte de humedad a los suelos fue suficiente para los cultivos. Es cierto que en algunas zonas, que no recibieron esos aportes hídricos, ya se observan algunos manchones por efecto de la sequía, pero se trata aún de casos puntuales.
Desde esta columna intentamos destacar que, una vez más, quedó demostrado que las fuertes lluvias sacan a luz graves inconvenientes. Estos afectan a toda la población por igual: a los habitantes de las ciudades o a los pobladores que viven y trabajan en el campo.
De larga data
Las tormentas tuvieron un fuerte impacto, con importantes ráfagas de viento. Así, se generaron situaciones de riesgo que determinaron la evacuación de 3.000 tucumanos de diferentes puntos de la provincia. Las escorrentías se llevaron todo lo que encontraron por delante y causaron la acumulación de agua en zonas bajas y ribereñas.
Más allá de que cayó una gran cantidad agua -superando valores normales para la época-, el fenómeno tiene una simple explicación: las municipalidades, comunas y numerosos campos no tienen un sistema de desagües que funcione de acuerdo con las necesidades reales de nuestra provincia.
Este tipo de desastres no es nuevo y la historia de los desborde de cauces naturales registra muchos antecedentes: en Famaillá (1992) y en todo el sur provincial durante los veranos de 1999, 2000 y 2001, con escorrentías que causaron cuantiosos daños. Hubo desbordes de los arroyos La Posta y El Sueño, y de los ríos Chirimayo, Gastona, Marapa y Muerto.
A partir de 2002 comenzó un período de sequía que se extendió hasta enero de este año. Las autoridades encararon algunas obras, pero no de la envergadura que se requiere para minimizar los efectos de las lluvias de alta magnitud, como las registradas durante el mes que pasó.
Las fuertes precipitaciones llegan con su bagaje de erosión y el grado de los daños depende de su intensidad, duración y frecuencia, así como también del lugar en donde caen y cómo se encuentra el área al momento de recibir la lluvia.
Obligación de todos
La necesidad de la sistematización de las cuencas en las zonas de altura y la descarga para las lluvias son obras impostergables. Forman parte de las obligaciones que tienen las instituciones del Estado y los productores que tienen campos en estas situaciones. Los funcionarios provinciales, también, tienen la responsabilidad de sistematizar los ríos y efectuar la limpieza y el dragado de sus cauces (que están colmatados por el material de arrastre). Deben, también, eficientizar el control de las prohibiciones que rigen para el desmonte de suelos con excesiva pendiente; y garantizar la conservación de toda la selva pedemontana.
Los productores, en tanto, también deben tener sus desagües en condiciones y velar para que todos los desagües naturales no sean obstruídos con cultivos, obras o cualquier hecho que genere la falta de escurrimiento normal de las aguas. Los cultivadores deben contar con suelos preparados para absorber en gran medida toda el agua posible y que, el exceso, escurra sin perjudicar las propias tierras y las propiedades de vecinos que se encuentran aguas abajo.
Función del Estado
Es cierto que el productor puede realizar todas las mejoras para discurrir suavemente los excesos de agua del campo sin causar daños. Pero, para ello, las obras deben estar acompañadas por otras que permitan captar esa masa líquida. Y ahí es dónde aparece la función del Estado y su obligación de mantener en condiciones los desagües naturales, como los arroyos y los ríos, para evitar inconvenientes o catástrofes.
Todavía las lluvias que faltan pueden llegar con intensidad y provocar nuevos daños. Estamos a tiempo de llevar adelante esas obras y evitar males mayores. Depende de todos que así sea.
Los meteoros, también, afectaron gravemente a los sistemas de riego y otros usos del agua, lo que puso al descubierto la inexistencia de una red de canales de desagües limpios y con capacidad para evacuar los caudales precipitados. Las lluvias fueron en general buenas para el agro, pero en muchos casos, de alta intensidad y con poco tiempo de ocurrencia. De manera que el aporte de humedad a los suelos fue suficiente para los cultivos. Es cierto que en algunas zonas, que no recibieron esos aportes hídricos, ya se observan algunos manchones por efecto de la sequía, pero se trata aún de casos puntuales.
Desde esta columna intentamos destacar que, una vez más, quedó demostrado que las fuertes lluvias sacan a luz graves inconvenientes. Estos afectan a toda la población por igual: a los habitantes de las ciudades o a los pobladores que viven y trabajan en el campo.
De larga data
Las tormentas tuvieron un fuerte impacto, con importantes ráfagas de viento. Así, se generaron situaciones de riesgo que determinaron la evacuación de 3.000 tucumanos de diferentes puntos de la provincia. Las escorrentías se llevaron todo lo que encontraron por delante y causaron la acumulación de agua en zonas bajas y ribereñas.
Más allá de que cayó una gran cantidad agua -superando valores normales para la época-, el fenómeno tiene una simple explicación: las municipalidades, comunas y numerosos campos no tienen un sistema de desagües que funcione de acuerdo con las necesidades reales de nuestra provincia.
Este tipo de desastres no es nuevo y la historia de los desborde de cauces naturales registra muchos antecedentes: en Famaillá (1992) y en todo el sur provincial durante los veranos de 1999, 2000 y 2001, con escorrentías que causaron cuantiosos daños. Hubo desbordes de los arroyos La Posta y El Sueño, y de los ríos Chirimayo, Gastona, Marapa y Muerto.
A partir de 2002 comenzó un período de sequía que se extendió hasta enero de este año. Las autoridades encararon algunas obras, pero no de la envergadura que se requiere para minimizar los efectos de las lluvias de alta magnitud, como las registradas durante el mes que pasó.
Las fuertes precipitaciones llegan con su bagaje de erosión y el grado de los daños depende de su intensidad, duración y frecuencia, así como también del lugar en donde caen y cómo se encuentra el área al momento de recibir la lluvia.
Obligación de todos
La necesidad de la sistematización de las cuencas en las zonas de altura y la descarga para las lluvias son obras impostergables. Forman parte de las obligaciones que tienen las instituciones del Estado y los productores que tienen campos en estas situaciones. Los funcionarios provinciales, también, tienen la responsabilidad de sistematizar los ríos y efectuar la limpieza y el dragado de sus cauces (que están colmatados por el material de arrastre). Deben, también, eficientizar el control de las prohibiciones que rigen para el desmonte de suelos con excesiva pendiente; y garantizar la conservación de toda la selva pedemontana.
Los productores, en tanto, también deben tener sus desagües en condiciones y velar para que todos los desagües naturales no sean obstruídos con cultivos, obras o cualquier hecho que genere la falta de escurrimiento normal de las aguas. Los cultivadores deben contar con suelos preparados para absorber en gran medida toda el agua posible y que, el exceso, escurra sin perjudicar las propias tierras y las propiedades de vecinos que se encuentran aguas abajo.
Función del Estado
Es cierto que el productor puede realizar todas las mejoras para discurrir suavemente los excesos de agua del campo sin causar daños. Pero, para ello, las obras deben estar acompañadas por otras que permitan captar esa masa líquida. Y ahí es dónde aparece la función del Estado y su obligación de mantener en condiciones los desagües naturales, como los arroyos y los ríos, para evitar inconvenientes o catástrofes.
Todavía las lluvias que faltan pueden llegar con intensidad y provocar nuevos daños. Estamos a tiempo de llevar adelante esas obras y evitar males mayores. Depende de todos que así sea.
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