Las motos y el peligro de no respetar las normas

01 Junio 2026

El paisaje urbano de nuestras calles y avenidas viene sufriendo una metamorfosis acelerada que, lejos de representar un avance ordenado, se ha convertido en una fuente constante de peligro y preocupación. El crecimiento exponencial del parque de motocicletas en la provincia es una realidad inocultable a la vista de cualquiera. De ser un vehículo de uso familiar o recreativo, la moto ha pasado a colonizar de manera masiva el asfalto. Sin embargo, este fenómeno no ha venido acompañado de una mayor conciencia vial ni de una adaptación de la infraestructura, transformando el tránsito diario en una suerte de ruleta rusa donde las normas básicas de convivencia parecen haber quedado suspendidas.

La irrupción y consolidación de las aplicaciones de transporte y mensajería privada, como Uber Moto o servicios de cadetería, han convertido a las dos ruedas en la principal herramienta de supervivencia para miles de tucumanos. En un contexto económico restrictivo, la moto representa una salida laboral rápida, un sustento para familias enteras y una alternativa económica frente al encarecimiento del transporte público.

Las estadísticas sanitarias y policiales son alarmantes y reflejan una verdadera epidemia sobre el asfalto. Según los reportes periódicos de los principales centros asistenciales de la provincia, como el Hospital Padilla, más del 70% de los ingresos al servicio de emergencias por accidentes de tránsito corresponden a motociclistas.

La transgresión de las normas de tránsito por parte de una alarmante cantidad de motociclistas se ha naturalizado a niveles intolerables. El cruce de semáforos en rojo en esquinas neurálgicas, la circulación a contramano, el zigzagueo temerario entre carriles y el tránsito por las veredas ya no son excepciones, sino conductas cotidianas. A esto se suma el preocupante descuido de las condiciones mínimas del vehículo: es habitual observar motos circulando en plena noche sin luces, sin espejos retrovisores y desprovistas de la chapa patente correspondiente, lo que además de un peligro vial constituye una grave falta a la seguridad pública que facilita la impunidad ante cualquier siniestro.

Entre las conductas de mayor riesgo que se observan a diario, el uso del teléfono celular mientras se conduce ha escalado posiciones de manera dramática. El motociclista que maniobra con una sola mano mientras desvía la mirada hacia la pantalla para atender un viaje o responder un mensaje es una postal repetida que multiplica exponencialmente las probabilidades de un choque catastrófico. Asimismo, la postal de la “moto familiar” genera escalofríos cotidianos: vehículos diseñados para transportar a dos adultos cargan a tres, cuatro y hasta cinco personas, incluyendo a niños pequeños indefensos ubicados en espacios insólitos del rodado, expuestos a una caída que resultaría inevitablemente fatal.

En este complejo escenario, el uso del casco protector emerge como la frontera definitiva entre la vida y la muerte, un elemento cuyo rechazo sistemático por parte de una franja importante de usuarios resulta incomprensible. Resulta imperioso destacar que, a pesar del panorama sombrío, existe un nutrido sector de motociclistas responsables que sí respetan las normas, viajan con la documentación en regla, llevan sus luces encendidas y utilizan todos los elementos de protección.

La raíz del problema radica, en gran medida, en la falta de controles estrictos y rigurosos en las calles de la provincia. Cuando la fiscalización es esporádica o predecible, los infractores sienten que la impunidad está garantizada. Los operativos no deben ser entendidos como medidas antipopulares o meramente recaudatorias; por el contrario, los controles rigurosos son fundamentales e indispensables para ordenar el espacio público y salvar vidas.

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