El presidente Anuar el Sadat declaraba en la primavera de 1979: "la única cuestión que podría llevar a Egipto a la guerra otra vez es el agua". Y esta advertencia no iba dirigida a Israel sino a Etiopía, el país que controla las fuentes del Nilo. Sucede que el agua es un bien escaso a pesar de que vivimos en un planeta con abundancia de liquido, pero la mayoría de esas aguas no son potables. Sólo el 3% de ese elemento en la Tierra es agua dulce y, para mal, es el mismo hombre quien se encarga de contaminarla.
Este año, los vecinos santiagueños bien podrían parafrasear con lo manifestado por Anuar el Sadat, pero adaptando las situaciones a nuestra región: "la única cuestión que nos debería llevar a romper relaciones con los tucumanos es el empecinamiento que observamos en gran parte de su población, por continuar contaminando nuestra principal fuentes de agua, el río Salí".
Y es que en Tucumán son los propios tucumanos, por un lado, se suma un Estado ausente, por el otro, y la compañía de gran parte del sector industrial, los que violan en forma permanente y abierta todas las leyes y tratados internacionales en materia de respeto por el medio ambiente y preservación de las fuentes de agua.
El agua es vida, ya que con ella se desarrollan la flora y la fauna, la agricultura y la ganadería, las poblaciones y las industrias. Todas nacen y crecen alrededor de los ríos o de los lagos donde hay agua almacenada o en escorrentía.
El agua es sinónimo de riqueza y de generación de actividades productivas, que dignifican la vida del hombre y sobre todo del hombre de campo. El agua es cultivo, es alimento, es turismo y, más aún, turismo rural.
No obstante debemos decir con preocupación que en el Tucumán que nos toca vivir no es suficiente el número de quiénes se preocupan por preservar inalterables las fuentes de agua.
Hoy debemos lamentarnos y seguir contemplando como el río Salí (principal fuente de riego de la provincia), continúa siendo una cloaca a cielo abierto (pero no desde ahora, sino desde hace varias décadas atrás), fruto de la desidia y la falta de conciencia entre los que no dudan en utilizar el caudal para prácticas indebidas. También es consecuencia de la falta de planificación del Estado provincial, que alardea desde hace mucho tiempo con hacer cumplir las leyes, pero en los hechos se verifica lo contrario.
En el mundo el clima está cambiando y cada vez las sequías son más frecuentes. Esta situación no sólo dificulta el desarrollo de cultivos en los ecosistemas más productivos sino que los tornan inviables.
A los tucumanos les corrresponde en estos tiempos que asuman dos asignaturas pendientes en materia de respeto por el agua. Hay que buscar soluciones para no tornar improductivos el ecosistema que nos rodea.
El primer gran paso será el de dejar de contaminar el principal cauce de agua de la provincia y protegerlo a fuerza de ley, con severas penalizaciones a quienes continúen destruyendo lo que alguna vez fue el orgullo de todos los tucumanos.
En segundo lugar, será imprescindible construir en las nacientes de los ríos (cumbres), diques que contengan el agua que se genera con las precipitaciones estivales y guardarla para su posterior uso durante el desarrollo de los cultivos invernales. Inclusive para el propio consumo humano en las zonas de la provincia donde escasea este fluido en forma permanente.
Preocupa ver como no se genera, como ocurre en otros países del mundo, una conciencia por el reciclado de la basura, la depuración de las aguas o la repoblación forestal. Estas son costumbres ya instauradas en otras sociedades que cuidan -o tratan de hacerlo- su calidad de vida.
El interés por preservar el medio ambiente que nos rodea debería ser una preocupación de todos, con un Estado que de el ejemplo y que además juegue un papel más activo en la educación de su población.
Así, debería fomentarse la utilización de prácticas productivas sustentables con un gran respeto por el medio ambiente y sus fuentes de agua. Es necesario que la espectacular naturaleza de Tucumán vuelva a cautivar a sus habitantes y ofrezca un ambiente de excelentes condiciones productivas.
El hombre debe volver a explotar el medio ambiente en forma sustentable, sin modificarlo profundamente, ya que debe entender que forma parte de la misma naturaleza, con la que comparte un destino común.





















