La reciente operación militar llevada a cabo por las fuerzas armadas de los Estados Unidos en territorio venezolano para capturar al criminal Nicolas Maduro es uno de los acontecimientos más importantes de este milenio. La incursión militar precisa y altamente exitosa marca el inicio de la caída de un régimen nefasto que asoló al país caribeño por más de 20 años, condujo a la pobreza al 90% de la población, produjo el éxodo de casi 10 millones de personas y destruyo la economía de un país cuyas reservas petrolíferas podrían colocarlo entre los más ricos y prósperos del planeta. La decisión tomada por Donald Trump muestra a las claras que a veces las palabras sobran y la acción directa, contundente, es el medio mas eficaz de acabar de raíz con los problemas. Durante años se intentó por vías diplomáticas un cambio de régimen en Venezuela, pero lo único que se logró fue alargar el sufrimiento de millones de personas mientras los delincuentes ganaban tiempo y se atornillaban en el poder. Es momento de hacer una revisión profunda de ciertos organismos internacionales que últimamente no son un medio eficaz para la resolución pacífica de los conflictos. No faltaron, como era de esperar, las lágrimas de zurdos tanto vernáculos como de otras latitudes que alzaron su voz para defender a una dictadura narcoterrorista, alegando la intromisión de una potencia extranjera en un Estado soberano. Es en vano discutir con esos personajes, siempre del lado incorrecto de la historia, no tienen ni la menor empatía por millones de seres humanos forzados a dejar su patria, sus familias, amigos, trabajos, estudios, con tal de encontrar en un país extraño un poco de esperanza que unos malandras les arrebataron. La progresía actual, en mi opinión, es siempre y en todo lugar un conjunto de malas personas. Es el deseo de todos los seres de bien que este suceso marque un antes y un después para la nación venezolana, que los criminales sean condenados, que aquellas familias forzadas a separarse vuelvan a unirse y que puedan habitar en un país próspero y pujante, donde la igualdad, la fraternidad y por sobretodo la libertad sean el eje rector de esta nueva era en Venezuela.
Federico Reynoso















