El primer martes de febrero se cumplirá un mes de la operación militar ejecutada por los Estados Unidos en Venezuela, que terminó con la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, quienes fueron llevados inmediatamente a Nueva York, para enfrentar a los tribunales de ese país por cargos de presunto narcotráfico y terrorismo. El hecho no estuvo –probablemente, jamás vaya a estarlo- libre de reacciones encontradas y debates, que no son objeto de esta publicación. En todo caso, corresponde puntualizar que no caben los análisis binarios para la complejidad de la situación. Estar “a favor o en contra” es, en cualquiera de las opciones, un reduccionismo maniqueo. Por un lado, reivindicar la soberanía de las naciones no equivale a defender autocracias. Por otra parte, cuestionar una dictadura no significa avalar el atropello del derecho internacional.
El dictador como personaje
El final de Maduro, eso sí, parece de antemano material para prolongar un subgénero literario prolífico, respecto del cual la Argentina tiene verdaderos pioneros: la novela sobre los dictadores latinoamericanos. Claro está, la tarea de listar acabadamente lo escrito al respecto resulta ímproba. La pretensión, en todo caso, pasa por referir algunos títulos que resultan valiosos. La aclaración se completa con una pauta más: no se refiere a novelas sobre “dictaduras”, porque entonces el desafío se asoma inabarcable (cuanto menos para una publicación periodística), sino sobre “dictadores”.
Un punto de partida es “Amalia”, de José Mármol, que data de 1851: tiempos en que las Provincias Unidas están crujiendo. La novela es una trágica y malograda historia de amor entre Eduardo Belgrano, un “unitario” enfrentado con el gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas. Herido, es rescatado por su amigo Daniel y llevado a la casa de la veinteañera Amalia, “la linda viuda, la poética tucumana de que te he hablado tantas veces, y que después de su regreso de Tucumán hace cuatro meses que vive solitaria en esta quinta”. El romance florece entre ellos, que planean casarse e irse a Uruguay, pero es 1840, cuando el horror rosista campea a sus anchas, y los “mazorqueros” (el terrorismo de Estado tiene siglos en este país) terminan asesinando a Eduardo. Mármol presenta al propio Rosas, a sus familiares y a muchos de sus hombres en sus páginas.
Unos años antes, en 1845, Domingo Faustino Sarmiento publica una obra señera para la historia argentina, como es “Facundo: Civilización y Barbarie”, que es también una crítica contra la cultura caudillista de Rosas y de Juan Facundo Quiroga. Sin embargo, no es propiamente una novela.
El siguiente mojón es obra de un español: Ramón del Valle-Inclán. Específicamente, “Tirano Banderas”, que se publica en 1926. El autor ubica en una ficticia “Santa Fe” al dictador ficcional, el “generalito Banderas”, pero la obra se alimenta, por un lado, de su hastío por el hecho de que en América se replique la misma historia que en España, donde en 1923 se concreta el golpe de estado de Miguel Primo de Rivera. Por otra parte, la larga dictadura de Porfirio Díaz en México, entre 1876 y 1911. Del “porfiriato”, de su descomposición, de la Revolución mexicana y de la posrevolución, así como de muchos de sus protagonistas, surgen muchos personajes de la obra. El final combina la poesía con el momento político en que el tirano ordena reprimir al pueblo, pero el ejército ya no le responde a él, sino a los rebeldes, por lo que abren fuego, pero disparan al cielo.
Dos décadas después, en 1946, Miguel Ángel Asturias, el escritor guatemalteco que ganó el Nobel de Literatura en 1967, publica “El señor Presidente”. El protagonista está inspirado en el dictador Manuel Estrada Cabrera, que asoló Guatemala entre 1898 y 1920. El autócrata de la novela es capaz de una crueldad absoluta y encarna un mal surrealista. “Una red de hilos invisibles, más invisibles que los hilos del telégrafo, comunicaba cada hoja con el Señor Presidente, atento a lo que pasaba en las vísceras más secretas de los ciudadanos”. La novela comienza con el asesinato de un coronel, perpetrado por un sujeto que ni siquiera se encuentra en sus cabales. Esa muerte es la excusa que el dictador blande para mandar a matar a dos hombres a quienes considera sus enemigos. Pero uno de los enviados se enamora de la hija de aquel a quien hay que eliminar y ese “pecado” será su fin. El esbirro, Miguel Cara de Ángel, que era el favorito del tirano, terminará siendo ultimado en un campo de concentración del régimen.
Corrupción como atmósfera
En 1969 aparece una obra mayúscula de Mario Vargas Llosa, el prolífico escritor peruano ganador del Nobel de Literatura en 2010 y fallecido en abril pasado. Aunque es “La ciudad y los perros”, publicada en 1963, la que mereció una edición conmemorativa de la Real Academia Española, “Conversación en la Catedral”, de 1969, es un alarde de buena literatura. En el prólogo escrito en 1998 para una reedición, el propio escritor da cuenta de que la obra gira en torno de la dictadura del general Manuel Apolinario Odría, quien gobernó Perú entre 1948 y 1956. “En esos ocho años, en una sociedad embotellada, en la que estaban prohibidos los partidos y las actividades cívicas, la prensa censurada, había numerosos presos políticos y centenares de exiliados, los peruanos de mi generación pasamos de niños a jóvenes, y de jóvenes a hombres. Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera”.
Vargas Llosa no tendrá concesiones. “Ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ‘ochenio’ fue la materia prima de esta novela, que recrea, con las libertades que son privilegio de la ficción, la historia política y social de aquellos años sombríos”.
Desde su inicio mismo, “Conversación en la Catedral” contiene una pregunta inquietante, que interpela a su patria, pero que con solo cambiar el sujeto de la proposición, interroga a tantos otros países: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.
Un lustro después, en 1974, el paraguayo Augusto Roa Bastos, que estaba exiliado en la Argentina, publica “Yo, el Supremo”, novela muy elogiada por la crítica y particularmente celebrada por Tomás Eloy Martínez, colaborador de estas páginas y autor de “La novela de Perón”. Aunque el personaje excluyente es el “Dictador perpetuo de la República de Perú”, el abogado y alguna vez revolucionario José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó en el marco de un triunvirato entre 1811 y 1816, y luego, en soledad y despotismo plenos, hasta su muerte en 1840. Sin embargo, hay una circunstancia omnipresente para Roa Bastos: los 35 años de dictadura del general Alfredo Stroesner, que gobernó Paraguay entre 1954 y 1989. Son esos tiempos los que inspiran la novela en la que el protagonista nunca es llamado por su nombre: sólo se lo menciona como “El Supremo”. Un tirano despiadado que concibe su criterio como única medida de todas las cosas y que en su desprecio contra todo rezuma la esencia de tantos dictadores de estas tierras. En 1976, durante la última dictadura cívico-militar argentina, el genocida Jorge Rafael Videla prohibió “Yo, el Supremo”. Roa Bastos, entonces, se exilió en Francia.
También en 1974, Alejo Carpentier publica “El recurso del método”. Su texto es la biografía de un dictador ficcional en cuyo perfil se pueden encontrar trazos de muchos de los dictadores ya mencionados aquí. Y la acción se traslada del París de los inicios de la II Guerra Mundial a un país latinoamericano que no se precisa. Sin embargo, se parece enormemente a la Cuba de la década de 1920. Y muchos de los hechos narrados allí se asemejan, de manera fidedigna, a los vividos en La Habana durante la dictadura del ya mencionado Gerardo Machado y Morales.
El personaje es “el primer magistrado”, suerte de tirano ilustrado (o con ínfulas de tal condición) que se propone gobernar bajo el método de carecer de un método. No sólo el título es una reminiscencia del “Discurso del Método” de René Descartes: cada capítulo glosa, con ironía, citas de la obra del pensador del siglo XVII. Precisamente, hay un constante juego de contrastes entre el racionalismo cartesiano y la irracionalidad de los dictadores, así como entre las formas de vida, idiosincrasia y pensamiento de uno y otro lado del océano. Es así como el protagonista abandona la bohemia parisina para regresar a su país, quiere “europeizar” las artes de su país, teje alianzas con los Estados Unidos para defender los intereses de una empresa bananera, enfrenta levantamientos y huelgas y finalmente se exilia para terminar su vida con un pasar acomodado luego de los excesos del poder.
Crisol de dictadores
Al año siguiente, en 1975, Gabriel García Márquez irrumpe con “El otoño del patriarca”. El personaje, “El Macho”, es un verdadero crisol de dictadores. Es más corta la lista de aquellos autócratas que acaso hayan quedado fuera del arquetipo que consuma el genio del impar escritor colombiano, ganador del Nobel en 1982. Hasta tal punto que el personaje alcanza la fantástica edad de 200 años, propia tanto del realismo mágico como de la necesidad de hacer caber tanto despotismo en un solo ser. La soledad del poder, la paranoia que la acompaña y la ruina que ocasiona son algunos de los elementos centrales de esta novela. La técnica narrativa ocupa un lugar preponderante: la obra se organiza en seis monólogos que repiten la misma anécdota: el cadáver encontrado carcomido por gallinazos. Eso sí: va cambiando según el punto de vista de quien la cuenta, no sólo va cambiando, sino que también va incorporando hechos y descripciones diferentes.
En 2000, le justa bisagra entre un milenio que termina y otro que comienza, Vargas Llosa publica otra novela memorable: “La fiesta del Chivo”. “El Chivo” no es otro sino el “generalísimo” (porque los rangos militares tradicionales no le bastaban) Rafael Leónidas Trujillo Molina. El déspota absoluto de República Dominica que llegó a rebautizar a la capital del país: Santo Domingo pasó a llamarse durante su tiranía, sencillamente, “Ciudad Trujillo”. El dictador es el dueño de todo en esa isla del Caribe. Es propietario de empresas, industrias y tierras. Compra a precio vil las que son propiedad de sus colaboradores, como prueba de fidelidad. Después los compensaba con negociados y corrupción. Durante sus 31 años de gobierno sanguinario hubo decenas de miles de dominicanos muertos, además de una masacre de haitianos. Un punto de inflexión fue el asesinato de las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Precisamente, Trujillo también se consideraba amo y señor de la vida y la muerte de sus compatriotas. Y dueño de las esposas de sus colaboradores. Y hasta de sus hijas.
Precisamente, la novela de Vargas Llosa narra el regreso de Urania Cabral muchos años después del atentado que terminó con la vida de Trujillo: el padre de ella, “Cerebrito”, había sido un hombre del “riñón” del régimen, que en 1961 había caído en desgracia sin que nadie atinara a darle una razón. Hasta que un alcahuete de Trujillo le propone que le “entregara” a su hija al “generalísimo” como prueba de fidelidad indiscutible. Y “Cerebrito” accede…
Vargas Llosa consagraría su última novela a este subgénero. En “Tiempos recios”, publicada en 2019, da cuenta del golpe de estado que depone a Jacobo Arbenz y coloca a Carlos Castillo Armas, auspiciado por la CIA. Arbenz había impulsado la reforma agraria y la sindicalización de obreros y de campesinos, medidas contrarias a los intereses de la United Fruit Company, una empresa bananera de capitales norteamericanos, así que en nombre de que estaban auspiciando la llegada del comunismo auspició el derrocamiento del gobierno democrático de Guatemala en 1954.
En la novela, Arbenz prefiere dimitir antes que armar ciudadanos que se enfrenten contra el ejército regular. Conoce la traición de sus antiguos compañeros de armas (Arbenz era militar). Tiempo después, el golpista Castillo correrá la misma suerte.
Hacia el final, el Nobel peruano deja un párrafo que aturde. “¿Sabes a qué conclusión he llegado con todo lo que me ha pasado, Arturo, con todas las cosas que le pasan a este país? A una idea muy pobre del ser humano. Pareciera que en el fondo de todos nosotros hubiese un monstruo. Que sólo espera el momento propicio para salir a la luz y causar estragos”.
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