Josefina Licitra: “Tendemos a desoír los desastres anunciados”
Es una de las cronistas más destacadas de nuestro país. Acaba de reeditarse El agua mala, una crónica de una inundación que hizo desparecer un pueblo en la provincia de Buenos Aires. Licitra reconstruyó esa historia olvidada con las voces de las víctimas de la tragedia y el ojo entrenado de una gran cronista. Aquí, a partir de la historia de su libro, reflexiona sobre la complejidad de los acontecimientos y las urgencias y pecados del periodismo.
VÍNCULOS TUCUMANOS. Licitra brindó charlas en la ciudad; también escribió sobre Trimarco y los Ale.
Por Flavio Mogetta
Para LA GACETA - BUENOS AIRES
A más de 500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en el suroeste bonaerense durante décadas se levantó el balneario Lago Epecuén, que supo ser destino de la aristocracia bonaerense y porteña por las propiedades de sus aguas altamente mineralizadas similares a las del Mar Muerto. En los 70, el lugar tuvo un impulso turístico mayor albergando una población estable de unas 1.200 personas y recibiendo cada temporada veraniega a más de 25.000 turistas.
Toda esa economía regional y el pueblo entero se derrumbó cuando en 1985 el muro de contención que había entre el lago y la villa colapsó inundando por completo el poblado hasta hacerlo desaparecer. La catástrofe respondió a multicausalidades desde levantar una villa turística a pocos metros del lago desoyendo las características de ese cuerpo de agua con ciclos de retiradas y crecidas, hasta la negligencia de los gobiernos que no supieron administrar la situación, que comenzó a desencadenarse con una sudestada el 10 de noviembre de 1985.
El agua mala es el título de la crónica que construyó la periodista Josefina Licitra, publicada inicialmente a casi 30 años de la catástrofe y que acaba de reeditarse por Seix Barral. Como suele suceder en el periodismo, el hallazgo de la historia a contar se dio casi de manera accidental. “Estaba haciendo un perfil del arquitecto Francisco Salamone, que llenó el interior de la provincia de Buenos Aires de una obra pública de tipo monumentalista con una estética futurista delirante y recorriendo la Pampa bonaerense llegué al matadero que hizo Salamone entre Carhué y Epecuén, que está abandonado, es una ruina, y llegué a un Cristo y a un municipio. Cuando llegué a Epecuén, vi las ruinas. Nunca había estado, ni recuerdo haber visto alguna fotografía o video, pero al estar ahí, la impresión y la respuesta física fue sobrecogedora. Empecé a preguntar qué había pasado. Después me puse a buscar, a googlear, a ver qué se había publicado, y no había mucho. Cuando vi ese bache, me pareció que podía ser interesante entender qué había pasado, cómo puede ser que un pueblo en la provincia de Buenos Aires desaparezca y que no estemos todos los años recordando esa desaparición”, introduce Josefina Licitra.
-En ese encontrar una historia entra en juego tu olfato de periodista, porque tranquilamente lo de Epecuén pudo haber pasado de largo en tu recorrido y quedarte solo con las obras del arquitecto Salamone.
-Un escritor chileno que se llama Francisco Mouat, al que voy a citar pésimo porque no tengo buena memoria, decía que le gusta -cuando hay un acontecimiento o una noticia- dejar que primero pase el caudal de periodistas que tienen que generar contenidos a diario con estructuras más demandantes. Y una vez que ellos pasan, con las sobras que quedan de ese banquete desquiciado, con esas sobras hacer su trabajo. El cronista no va detrás de la primicia. Hoy incluso con Twitter ha cambiado el lugar de aparición de las primicias. Siempre los cronistas hemos ido unos pasos más atrás, más tranquilos pero con cierto afán de ya que no vas rápido, vas más a fondo.
-La crónica El agua mala, que tuvo una primera edición en 2014, le da voz a un montón de personas que fueron acalladas o invisibilizadas.
-Sí, eso fue bastante conmovedor porque es gente que quedó muy dañada, que en la inmensa mayoría de los casos, cuando me contaron la historia, era la primera vez que la contaban a un extraño. Heridos, atravesados por la angustia, se trata de gente que no tuvo espacios para elaborar lo que les pasó. Y lo que les pasó fue una tragedia. Hagamos todos el ejercicio de pensar en qué pasa si ahora alguien llega a nuestra casa y nos dice “tenés tres horas para vaciar tu casa, para elegir qué es lo más importante que te querés llevar y qué le querés entregar al agua”. Y en algunos casos tres horas, en otros siete días y hasta tres semanas, que fue el tope máximo. Esa gente se quedó sin casa. Con una vergonzosa asistencia del Estado en su momento, terminaron cobrando un dinero que en Australes con hiperinflación, que en algunos casos no les sirvió para comprarse ni la puerta de una casa. Muchos de ellos no pudieron tener un nuevo hogar. Se murieron de infartos, de ACV, de angustia, de cáncer. Te bajan tanto las defensas y el cuerpo queda vulnerable. No hubo psicólogos a disposición. Fue pedagógico en cuanto a qué consecuencias puede tener la inacción del Estado y también en qué medida nosotros como individuos, más allá de echarles la culpa a los gobiernos de turno, a veces hacemos también nuestra parte, como cuando hay una porción de los vecinos que intenta desoír las advertencias de inundación porque hacen como un avestruz, como si eso no existiera para poder llegar al verano y poder tener la explotación turística de todos los años…Hubo un montón de gente, además de la inacción política, que a sabiendas de que esa laguna tenía ciclos de retirada y de avance, hizo sus proyectos comerciales a la vera de la laguna, sabiendo que en algún momento eso se iba a inundar. Tendemos -no sé si es algo nuestro, algo continental o mundial, hasta ahí no llegué- a desoír los desastres anunciados.
-Se dice que la historia la escriben los que ganan, y en el caso de Epecuén no hay ganadores, pero sí en el libro a partir del testimonio de la gente aparece una cuestión de quiénes pueden contar lo que sucedió y quiénes no.
-Claro, me parece que es el caso de ese vecino Pablo Novak, que ya murió y que fue el que más visibilidad tuvo en medios. Lo que pasó es que funcionó como un buen símbolo y el periodismo por un tema de economía de narrativa necesita esos símbolos, de gente que con su sola presencia ya resuma parte de esa historia. Y Novak tenía algo de eso, un hombre muy mayor que andaba por las ruinas con una bicicleta destartalada. Era como una extensión humana del mundo de Epecuén y terminó siendo la única fuente en la que se basó el periodismo, que hizo coberturas muy inmediatas de la historia. Lo que sí pasa es que la gente de Carhué le tenía mucha bronca porque decía que él no había vivido ahí, y esa bronca para mí sí decía algo. Hay toda una historia en relación a él, que podía haber sido hasta cierta búsqueda de quedarse con un terreno que no le pertenecía y darnos toda esa narrativa para justificar mejor el lugar en el que tenía su vivienda. Finalmente, no deja de ser un quilombo de pueblo, pero para mí era bastante sintomático y por eso por eso lo dejé. También me pareció sintomático del ejercicio periodístico porque fue la única persona que apareció en los medios. Hubo periodistas que fueron en una especie de touch and go periodístico, a ver un poco qué hay, te encontrás con un viejo, le hacés tres preguntas y volvés con la nota. Y lo cierto es que los testimonios estaban a ocho kilómetros de distancia, ahí nomás. Me pareció un reflejo de pereza de muchos colegas.
-Y en relación a lo actuado por el periodismo vemos cómo trabajaron los distintos movileros y aparece una construcción fotográfica de la que después los pueblerinos involucrados se arrepienten de haberse prestado.
-Es un gran debate porque creo que fue para la revista Gente, que en ese momento estaba dirigida por Chiche Gelblung y una dice “inventó la foto”, porque le pidieron a la hija de un bombero que se hiciera la desmayada y armaron algo que no existía por razones de venta de la revista. Ahora bien, gracias a esas escenas de dramatismo construido, la gente se enteró de que esa inundación estaba sucediendo y le dedicó más energía mental, angustia y foco a esa historia. Quizás no hubiese sucedido con una foto normal. No estoy defendiendo lo que hizo Chiche. Lo mismo pasaba sin mentir cuando Sibila Camps -que en ese momento era periodista de Clarín- les recomienda a los vecinos de Carhué que armen algún acontecimiento porque si no ya no iba a poder seguir justificando su estadía ahí, y entonces arman las marchas con antorchas. Ahí no se inventó, pero se trató de mover un poco, porque si no el periodismo se iba a ir de ahí. Entonces, ¿qué diferencia hay entre construir ese acontecimiento y la foto de la desmayada? No es tanta diferencia y sin embargo, una a mí me parece más legítima que la otra. Uno desde el purismo dice que está mal montar una imagen y estoy de acuerdo. Pero sin esa imagen montada la gente no hubiera registrado que se inundó un pueblo.
© LA GACETA
Perfil
Josefina Licitra es periodista, guionista y escritora. Publicó, entre otros libros, Los otros. Una historia del conurbano bonaerense; 38 Estrellas. La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia y Crac (Seix Barral). Su trabajo fue distinguido por la Fundación García Márquez. Editó durante años la revista Orsai. Actualmente trabaja como guionista y asesora audiovisual.



















