Adrián Bravi: “Las lenguas determinan nuestra forma de ser y de estar en el mundo”
El filósofo y escritor ítalo-argentino reflexiona sobre la literatura y las lenguas a propósito de su libro El celo de la lengua. También habla de Adelaida, libro en el que narra la vida de Adelaida Gigli, sorprendente figura de la cultura de nuestro país.
Por Elena Victoria Acevedo
PARA LA GACETA - TUCUMÁN
-¿Qué desafíos implicó la escritura sobre una mujer excepcional paradójicamente inmersa en un contexto similar al que ella había dejado atrás en Italia?
- Conocí a Adelaida a finales de los años 80, cuando vine a vivir a Recanati, su ciudad natal; ciudad que ella había dejado a los cuatro años, en plena época fascista, para volver en el 78, exiliada y escapando de otra dictadura. Nos hicimos amigos. Ella fue -me gusta pensar- una especie de «mentora» para mí y para otros amigos que la frecuentaban. Siempre pensé que, tarde o temprano, escribiría una biografía o una novela biográfica sobre ella que incluyera, además, sus años en la Argentina, su compromiso político en los años ‘50, el exilio, su entrega al arte y la sombra de sus dos hijos desaparecidos, sin una tumba ni una piedra donde poder llorarlos (destino post mortem que ella también eligió para sí misma). Creo que Adelaida, de alguna manera, intentó sanar el dolor a través de la soledad y el arte. Escribir sobre ella fue difícil porque no sabía de qué modo contar su historia. No todas las historias pueden narrarse de la misma manera; cada una requiere un tono particular. Yo lo busqué durante un tiempo, hasta que el relato fue armándose solo y con fluidez. El libro está dividido en dos partes: en la primera narro su historia en Argentina, la constelación de personas que frecuentaba y los años de la revista Contorno; la segunda parte está ambientada en Italia y es la historia de nuestra amistad.
-El celo de la lengua (2025) nos habla por un lado de la lengua celosa y por otro, de la lengua hospitalaria ¿de qué manera quien emigra experimenta la acogida, la tensión memoria-olvido y bilingüismo?
-Estoy convencido de que las lenguas determinan nuestra forma de ser y de estar en el mundo. Nuestros pensamientos se estructuran en función de la lengua que adoptamos. La vida, después, nos pone frente a diversas elecciones. En mi caso, decidí dejar mi país, Argentina, y trasladarme a Italia para continuar mis estudios. Con el paso del tiempo, el italiano se ha convertido en una especie de segunda lengua materna. Esto demuestra que las lenguas son un punto de encuentro que crea relaciones, precisamente porque no tienen muros. Pueden resultar difíciles de aprender, pero son abiertas, hospitalarias y no pertenecen a nadie. Las lenguas pertenecen solo a quienes las hablan, las interpretan, las leen o las escriben. Nadie puede reivindicar un derecho sobre la lengua. En un cierto punto de mi trayectoria como escritor, sentí la necesidad de escribir este libro, donde trato de reflexionar y plantearme algunas cuestiones: ¿Qué ocurre en un autor cuando decide abandonar su lengua para escribir en una distinta a la propia? ¿Qué se pierde en este paso y qué se gana? Y, además, ¿por qué se deja una lengua para adoptar otra? Estas son algunas de las preguntas que este libro formula a los lectores y a mí mismo. Pasar de una lengua a otra significa situarse ante un riesgo. No se trata de tener más o menos destreza, sino de estar en la lengua, de aprender a observar e interpretar el mundo a la luz de una nueva experiencia. Este hecho presupone, en cualquier caso, una especie de renacimiento interior, una relación entre la memoria y el olvido, porque no es lo mismo recordar un hecho de nuestro pasado en una lengua u otra.
-Si pensamos en escritores como Juan Rodolfo Wilcock, Brodsky, Dal Massetto, entre otros, y en la extraterritorialidad ¿cómo pensar la literatura en la actualidad?
-A esta pregunta se podría responder de muchas maneras distintas y contrapuestas, sobre todo en estos días llenos de tensiones y de mentiras. Pero veamos el problema desde el punto de vista de la extraterritorialidad; te respondo haciendo referencia a un capítulo de El celo de la lengua donde, justamente, se habla de este tema. La literatura nos enfrenta al dilema de estar entre lenguas. Una característica de la novela moderna es vivir en otra lengua. Autores como los que acabas de citar son figuras centrales que nos hacen reflexionar sobre el problema del bilingüismo, o multilingüismo: ese moverse entre culturas e imaginarios diferentes, o entre contaminaciones diversas. Sus textos nos demuestran que las lenguas se mueven de un lado a otro, emigran, se exilian, se autotraducen, definen nuevas formas de pensar y de ver; en definitiva, nos dicen que las lenguas viven, y que nosotros vivimos entre lenguas. Este hecho nos lleva a redefinir el concepto de literatura nacional, a revisarlo a la luz de una apertura que, de una manera para nada paradójica, vaya más allá de las fronteras nacionales. Si el siglo XIX y gran parte del XX fueron los siglos que establecieron y definieron las fronteras nacionales -sugiriendo la idea de la historia literaria como historia de una nación-, a partir de la posguerra las fronteras se redefinen, tanto las geográficas como las lingüísticas. Se hace necesario reformular un concepto de literatura y de lengua desde una perspectiva más permeable a la pluralidad de voces que entran en juego. La literatura se emancipa cada vez más de las limitaciones nacionales. Y es interesante ver cómo lugares que pertenecían a un contexto lingüístico específico son revisitados y dotados de nuevo significado por nuevas lenguas.
-En su caso personal, escritor altamente reconocido por los lectores italianos y argentinos ¿cómo se siente al escribir en dos lenguas, la materna y la paterna de acogida?
-Yo empecé escribiendo en español, como es natural, dado que nací en Buenos Aires. Y aun viviendo en Italia, continué escribiendo en español. A partir de los primeros años del 2000 pasé al italiano, después del nacimiento de mi hijo; por eso me gusta pensar que tengo una lengua madre, el español, y una lengua hijo, el italiano. Al principio tenía mi modelo en Julio Cortázar que, viviendo en París no abandonó nunca el castellano rioplatense; para luego orientarme hacia Rodolfo Wilcock, quien del castellano pasó a un extraordinario italiano. Tanto es así que podríamos considerarlo entre los mayores escritores italianos del siglo XX. De todos modos, me resulta extraño escribir en una lengua, el italiano, que no tiene infancia. El primer capítulo de El celo de la lengua se abre sobre esta cuestión; doy el ejemplo de una simple lagartija y digo que para mí no es lo mismo decir lagartija que decir lucertola. El animalito es siempre el mismo, pero en mi imaginario son dos bichos diferentes, porque en uno está toda esa composición de recuerdo y de memoria -los ojos asombrados de mis amigos- que la palabra en italiano no tiene. Por eso, me considero un escritor argentino que escribe en italiano.
© LA GACETA
Perfil
Adrián Bravi nació en Buenos Aires y vivió en Argentina hasta finales de los 80, cuando se trasladó a Italia para cursar estudios de filosofía. Se licenció en la Universidad de Macerata y actualmente trabaja allí como bibliotecario. En 1999 debutó como narrador en español, pero luego optó por escribir en italiano. Entre sus novelas se encuentran: La pelusa, Sud 1982, Il riporto y L’idioma di Casilda Moreira. Su obra se ha traducido al inglés, francés, español y árabe.



















