Por Juan Ángel Cabaleiro
Para LA GACETA - TUCUMÁN
Hace unos días, el dictador cubano Díaz-Canel sostuvo en una conferencia de prensa que se venía un profundo ajuste en la economía, que los cubanos iban a tener que hacer un nuevo gran esfuerzo y apretarse todavía más sus ya estrechísimos cinturones. Esfuerzo, eso sí, pasajero: solo hasta que comiencen a llegar los frutos del socialismo o alguien les regale petróleo.
Y dio algunos detalles inquietantes: «Cada municipio tendrá que comer lo que produzca, porque ya no habrá combustible para transportarlo», dijo. Una especie de «el que sembró plátanos, recibirá plátanos, y el que sembró lechugas, recibirá lechugas…». Y a la falta de combustible se le suma la de electricidad. La periodista Arleen Rodríguez Derrivet, portavoz oficiosa del régimen, afirmó en una entrevista reciente a RT que «después de todo, el prócer cubano José Martí vivió muy tranquilo y feliz sin conocer la luz eléctrica, mucho menos necesaria de lo que parece», palabras que sonaron a presagio siniestro. Declaraciones de este tipo proliferan: se habla en los medios, por ejemplo, de las virtudes de la leña y del carbón, de los métodos ancestrales de cocina, de la nobleza del machete en la cosecha de la caña de azúcar, de la ecológica tracción a sangre… Al parecer, el gobierno cubano estaría mentalizando a su población para la subsistencia en un primitivo estado de naturaleza, una vuelta a sus orígenes arcaicos. Díaz-Canel reconoció que sería muy duro, pero remató diciendo: «¿Qué alternativa nos queda? ¿Rendirnos…?», e hizo una pausa dramática en la que el pueblo cubano no tuvo oportunidad de responder.
Hay, sin embargo, más preguntas retóricas que podrían añadirse: ¿Rendirnos? ¿Transformar a Cuba en una sociedad democrática, capitalista, con amplias libertades individuales? ¿Permitir la presencia de empresas extranjeras en el país? ¿Dejar que los cubanos desarrollen libremente sus emprendimientos económicos? No, nada de eso; mucho mejor el sufrimiento y la mística revolucionaria. Y, sobre todo, la continuidad en el poder de los mismos de siempre.
Vidriera y antídoto
La isla se ha convertido hace tiempo en una vidriera del socialismo en estado puro, y no es raro que se esgrima como argumento de peso para refutar el consabido recetario de la izquierda, y para desactivar en las juventudes del mundo la idea engañosa de la revolución. ¿Qué mejor propaganda para la democracia y el capitalismo de libre mercado que contrastarlos con la sociedad cubana, su sufrimiento y su radical falta de perspectivas? La continuidad del régimen como botón de muestra del socialismo resulta, así, un eficaz antídoto contra los discursos antisistema. ¿Convendría eliminarlo? Sería una auténtica crueldad prolongar el sufrimiento de un pueblo, generación tras generación, solo para demostrarle al mundo que el socialismo es un fiasco. Pero hay quien lo piensa.
La llamada «derecha estratégica» de los EE.UU., la élite intelectual y económica que maneja el poder real tras bambalinas, se opuso siempre a cualquier intento de derrocar al régimen y operó en las sombras para asegurar su supervivencia. Según las hipótesis más audaces, el propio Fidel Castro habría sido un agente de este núcleo duro del capitalismo, sacrificando su vida, como el Judas borgeano, en la consecución de un plan supremo: la construcción del monumental fracaso para escarnio y descrédito del socialismo. O toda la revolución cubana, incluso, sería una maquiavélica creación yanqui desde el principio, un invento montado cual escenografía hollywoodiense para desanimar a los díscolos y revoltosos del planeta y poner en ridículo a los variopintos partidarios de las utopías sociales. Y la verdad es que Cuba suena un poco a montaje: 67 años de rotundos y persistentes fracasos no pueden ser el producto de una casualidad ni de un gobierno que falla, sino el fruto orquestado de una trama distópica.
Ahora, según infieren los analistas más inspirados, la «derecha estratégica» norteamericana se estaría debatiendo entre mantener en pie la fantasmagoría cubana, o convenir que el probable experimento de ingeniería social más ambicioso de la Tierra ha cumplido su misión y ya no es más necesario. Entre los que pretenden conservar a Cuba en las cavernas como un potenciado antídoto, y quienes estarían pergeñando su desmontaje y su fin.
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Juan Ángel Cabaleiro - Escritor.



















