
El lugar común, la obviedad burda, es expresar la conmoción que nos produce la desgracia o la criminalidad humana. Es a veces redundante manifestar el dolor que nos causa cualquier tragedia. Y tener que explicar que uno es humano y no una bestia. Pero, a veces, teniendo en cuenta las diversas sensibilidades, o bien, en algunos casos, la mala fe de ciertos sujetos es necesario recalcar lo que sería sobreentendido entre interlocutores “sanos”.
En ese sentido, por supuesto, los crímenes de Hamas son aberrantes, incalificables. La tragedia de la familia Bibas es explícita y cualquier palabra al respecto puede parecer irrespetuosa. Habiendo dicho esto no podemos dejar de relatar la otra parte de la calamidad que significa esta guerra.
Encarar este tema, entonces, será avanzar sobre un terreno plagado de minas. Con esos recaudos voy a manifestar mi reparo a una nota publicada en LA GACETA Literaria el 2 de marzo pasado, firmada por el periodista Álvaro Aurane, en la que, a partir del ataque de Hamas a Israel, se analiza con minuciosidad el concepto de cultura y se sugiere que la causa de Israel es la nuestra o la de todo Occidente.
Vamos a empezar por ese último aspecto. Y en esto no me queda más opción que ser categórico. La causa de Israel no es la nuestra. La del resto de Occidente no lo sé, será en todo caso un asunto del resto de occidente, que a estas alturas no es más que un conjunto de pueblos atomizados que niegan sus raíces comunes. Se puede comprender la reacción de Israel ante un ataque tan despiadado. Frente a los actos salvajes los conceptos de justicia y venganza se tornan nubosos, y es lógico desear la aniquilación del agresor sin demasiado reparo en los “daños colaterales”. Pero nosotros, como argentinos, estamos parados afuera y si no miramos el plano desde arriba podemos embriagarnos con pasiones confusas. El conflicto de Medio Oriente es muy complejo, muy, pero muy, complejo. Por supuesto, y en eso coincido con Aurane, que la causa de fondo es de orden teológico. La paz en esos horizontes es una utopía.
La guerra actual es una carnicería como lo fueron todas. En esta carnicería Israel no es inocente. Según fuentes de la ONU, desde el 7 de octubre de 2023, han muerto más de 43.000 palestinos por ataques del ejército israelí en la Franja de Gaza, de los cuales más del 70% son mujeres y niños. Además de más de cien mil heridos. La proporción (teniendo en cuenta los números oficiales) es de 30 muertos palestinos por un israelí. De vuelta, las reacciones violentas son muy humanas y toda guerra es cruel, pero prodigar que la Cultura (en mayúscula) es propiedad exclusiva de ese Occidente “superior” que puede escribir subtextos y establecer contratos sociales es una idea que a mí me cuesta creer. Para aceptar ese presupuesto debería ser indolente con esos 40.000 inocentes, con los cientos de miles de japoneses que los norteamericanos quemaron de un plumazo con las bombas atómicas, y hasta con las matanzas de los nazis. Sin ir más lejos aquí cerca, el muy letrado general Mitre, el de las avenidas, monumentos y diarios ilustres, hizo desmanes en Paraguay en nombre de ella. Ojo con “esa Cultura”.
Sionismo, islamismo
El sionismo es un régimen político poderoso con una influencia mediática y comunicacional extremadamente hábil y de alcances inimaginables, sustentada en un poder económico brutal. Esto es sabido, llamativamente poco recalcado por la prensa. Tampoco los sionistas son muy amables en tolerar las disidencias. Al que ose objetar, siquiera con una coma su discurso, enseguida lo tildan de antisemita. Esa es su “verdadera arma de destrucción masiva”, según el escritor Jorge Asís. Por pequeños contrapuntos ese tilde le cayó maliciosamente alguna vez a José Saramago y hasta al propio Vargas Llosa que tanto auspició a ese régimen. Criticar el sionismo no es caerle al pueblo judío por su etnia. Muchos judíos no comulgan con el sionismo, otros sí. En ambos casos, son los vecinos con los que en nuestro país convivimos en paz desde hace más de cien años. El farmacéutico del barrio, el médico que nos atiende, o el comerciante que nos vende las telas en la calle Maipú, son ciudadanos corrientes, que no habría por qué meter forzadamente en la bolsa de una crítica a un poder multinacional, pero el sionismo en su simplificación de la disidencia a veces genera eso mismo. Y los ánimos se caldean.
Si recalco tanto los reparos al accionar israelí es porque creo que la información sobre esta guerra es desigual. Pero esto no significa inclinarse hacia los islamitas. Las diferencias con ellos son ostensibles. Su cultura es radicalmente opuesta a la nuestra. Basta con observar sus arranques fundamentalistas, o su trato hacia las mujeres y hacia las minorías divergentes. En ese sentido debemos tener en cuenta que la expansión exponencial musulmana, que se prevé crecerá más del 70% para el 2050 en todo el mundo, es una verdadera alarma y no puede pasarnos inadvertida aunque parezca lejana a nuestras tierras.
En este rincón
Después de todas las crisis civiles y peleas internas que forjaron esta convulsa patria, con una Europa desconcertada entre dos fuegos y el resto del mundo temeroso que por algún entredicho inesperado se desate una hecatombe nuclear; ahora más que nunca es momento de sacar pecho y blandir la bandera de nuestra cultura de origen. Somos una tierra de raíz católica y nuestra idiosincrasia está marcada con ese sello profesemos o no hoy en día alguna religión. Es un legado virtuoso que a diferencia de otros pueblos fue bastante integrador. Nuestra tierra, pese a todas nuestras contradicciones puertas adentro, fue una tierra de brazos abiertos, dónde convivieron sin mayores problemas los judíos de Abraham, los islamitas de Mahoma, los protestantes de Calvino y Lutero, los mapuches y hasta los adoradores de la Pachamama venidos desde el altiplano. Todos convidados a la misma mesa, como iguales. Pero la causa nuestra no será nunca la israelí, ni la islámica, ni tampoco, dicho sea de paso, la indigenista.
Nicolás Sancho Miñano
Tucumán